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17 del 05, 2010

(...) Otro mundo III

Los pastizales verde esmeralda son como el mar. El viento los mueve creando una marea que ondula suavemente bajo el pequeño barco flotante.

Viajamos durante días y noches enteras sin saber a dónde nos llevaría la embarcación que flotaba rápida pero suavemente sobre cualquier superficie. Cruzamos el valle de los pastizales a toda velocidad y cuando llegamos a las montañas que delimitan la parte este pensamos que se detendría, pero no fue así; tan sólo redujo la velocidad y comenzó a subir cuesta arriba. En la cumbre nevaba pero eso no lo detuvo. Subimos y bajamos las montañas para adentrarnos luego en el bosque de abedules.

Yo jamás había estado tan lejos de casa desde que nos trajeron los autobuses verdes luego de los incidentes que cambiaron al mundo y encontrarme de pronto y casi sin pensarlo en el bosque me hacía sentir feliz. El chico solar estaba en todo momento alerta; se veía como un explorador.

El barco navegó bosque adentro pasando suave y ágilmente entre los árboles. Más de una vez pensé que íbamos a estrellarnos contra algún tronco o alguna rama caída pero no fue así. Resultaba increíble como el barco podía salvar cualquier obstáculo. De pronto la velocidad comenzó a reducirse hasta que parecía flotar casi inmóvil. Él y yo nos miramos pensativos y sin decir palabra esperamos para ver qué iba a suceder. Alcanzamos un pequeño claro y el barco fue a posarse justo en el centro, junto a una roca que sobresalía cubierta de musgo. Me pareció cansado, no puedo explicar porqué.

Bajamos lentamente y en silencio. La falta de sonidos en el bosque hacía que uno intentara ser lo más silencioso posible. Lo único que alcanzaba a escuchar era el sonido del viento moviendo un poco las copas de los abedules y nada más. No había pájaros ni sonidos de otros animales. Era una sensación extrañamente confortable.

Murmuramos algunas palabras y casi puedo creer que no omitíamos sonido alguno. No había necesidad de hacerlo porque podíamos escuchar el movimiento de los labios y comprender las palabras. Decidimos comer sentados en la hierba junto al barco que reposaba apaciblemente. Sacamos las cosas de las mochilas y comenzamos a preparar todo. El chico fue a buscar unas ramas para prender fuego y mientras yo me dedicaba a sacar ingredientes de los contenedores.

Fue entonces cuando silenciosamente se acercó a mí.

Era una niña entonces. Tenía los ojos azules como el océano y el cabello rojizo. Me miraba ahí parada, casi desnuda, sin pronunciar palabra. Yo le miraba también, al principio un poco sobresaltada. Cuando regresó el chico de buscar madera ella y yo seguíamos mirándonos sin movernos, sin pronunciar palabra, ella parada frente a mí y yo hincada sobre la hierba. Ella miró al chico y sonrió.

Betula es su nombre. No sabemos, ni siquiera ella, de dónde viene o cómo llegó al bosque. Ella dice que siempre ha estado ahí, viviendo entre los abedules y las piedras cubiertas de musgo. Alguien debió abandonarla ahí cuando era muy pequeña.

Betula es silenciosa, igual que el bosque… pero cuando habla un poco su voz es melodiosa, como un pequeño arrollo de agua cristalina. Betula no sabe de donde vino su nombre, dice que el bosque mismo se lo dijo una vez mientras dormía y despertó sabiéndolo.

Pasamos varios días en el bosque. Nuestro Sol había decidido amarrar nuestro pequeño barco a la piedra por si acaso decidiera volar un día sin nosotros. Me dijo que no podíamos perderle porque debíamos seguir navegando a donde nos llevara. Yo en realidad tenía ganas de quedarme en el bosque, pero si era necesario seguir lo haría de cualquier forma.

Betula nos mostró varias cosas interesantes, entre ellas y la más importante de todas, fue un pequeño instrumento de viento, parecido a una flauta transversa que produce sólo cinco notas distintas. Betula hacía música.

Una noche, mientras estábamos en la fogata escuchándola tocar, aparecieron los lobos… nunca he sentido tanto miedo…

Escrito por susi.pop el 17 del 05, cuando nadie mira
Hablando de ficciones • (1) Comentarios
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