.:el lado claro de la luna:.

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VII. Mutis·>

V. Cuando el tiempo se voltea

VI. Un verano

La vida tranquila de Mariana, como siempre tranquila. 

Mariana recurrente al capítulo repetido donde su vida se mantenía en calma, sin sobresaltos, sin problemas. Hacer el amor, encender el calentador del agua, hacer café para que el hombre con el que vivía pudiera desayunar, platicar un poco con él mientras comían algún pan y despedirle en la puerta cuando él partía a trabajar todo el día.

Estando sola en esa casa tan enorme Mariana se sentía pequeña viviendo días tranquilos, tibios e iguales, todo el tiempo haciendo lo que debía hacer ahí dentro: espinacas hervidas con mantequilla para cenar, tallar unos calcetines, limpiar los pisos y tal vez salir un rato a la tintorería mientras paseaba platicando con el perro que le hacía compañía en silencio. Días y días, soleados y lluviosos, todos iguales, todos tranquilos.

Estaba segura, al igual que sus padres, que era la vida tranquila que ella siempre deseó.

Una noche, mientras cenaban alcachofas, el hombre con el que dormía le pidió que buscara un empleo que les permitiera pagar algunas deudas que él había adquirido antes de ir a vivir con ella, porque lo que Mariana ganaba en ese momento con el trabajo desde casa sumado al sueldo que él lograba en la pequeña empresa que lo había contratado no eran suficiente para pagar. Ella prometió ayudar.

Algún día tranquilo, luego de hacer el amor, prender el calentador del agua, hacer el café, comer un pan, platicar con el hombre y despedirle desde la puerta, ella comenzó a arreglarse para salir más temprano y por más tiempo.

Salió, recorrió las calles en su pequeño coche gris. Llegó a la nueva oficina del nuevo empleo y luego que subió por el elevador su vida cambió, primero imperceptiblemente, luego precipitadamente y nunca volvió a ser la misma.

...

Ella guarda una fotografía de la primera vez que le miró. Nada que los rodeara fue importante sólo esa sonrisa un poco tímida, un poco expectante y la luz contenida en la mirada de niño que la contemplaba. Recuerda Mariana en la fotografía cálida del momento cálido. Recuerda, y ahora deja de llorar lágrimas cálidas.

...

Mariana pequeña dejó de caber en su vida tranquila y no volvió a dormir tranquila. Pasaron algunos días tranquilos que ahora más que antes la asfixiaban y la aplastaban contra los pisos limpios. No duerme más, no hace buen café y el pan se pone duro. El hombre que duerme impasible a su lado parece un muñeco frío de madera y Mariana sabe que él no tiene la culpa, nadie tiene la culpa, sólo ella.

Un beso furtivo paró el mundo que ella conocía y lo desmoronó, pero la culpa no fue de nadie, sólo de ella. El hombre que ahora no dormiría junto a ella regresó a casa de sus padres no sin antes decirle que debió encontrar un trabajo que le permitiera estar más tiempo en casa. Despidió a la enorme casa con una enorme fiesta y luego de rescatar algunos recuerdos para venderlos, la derrumbó. Cambió el color de su cabello, el olor de su piel. Mariana cambió de nombre y de amigos, ella se reinventó.

...

El hombre con mirada de niño la siguió unos cuantos meses. Cuando Mariana volteaba un poco, él estaba ahí y ella se aseguraba de dejar rastros de pan de desayuno para que él la encontrara con facilidad. Se fueron de viaje en una burbuja, hicieron el amor entre luciérnagas y con la luna en el buró, recorrieron caminos largos y volvieron volando. Durmieron bien muchas cortas noches para luego despertar pocas mañanas juntos. Cantaron, hicieron música y soñaron hasta que una noche sin luna, con motivos ajenos y sin la razón bien puesta, él se fue…

...

El hombre cálido ya no vuela junto a Mariana grande, ya no la sigue y ya no canta para ella. Ella lo sueña y en esos sueños él grita cosas que nunca dijo antes de marcharse. Ella siente angustia por nada, siente alegría por nada, tristeza que no es de ella y le duelen los golpes que ella no recibió. Mariana grande se siente sola y llora lágrimas de miel.

Mariana extrañaba todo y se ponía mal por cualquier cosa sin importancia. Siguió sus planes, aprendió a extrañarle al punto de no extrañarle. Aprendió a no desear besar a nadie, a no reconocer olores de nadie, ni las voces en los sueños. Aprendió por fin a no escribir para alguien, a no cantar para alguien y a estar sola. No volvió a dormir bien… o volvió a levantarse temprano.

...

Mariana tiene ahora una casa pequeña en donde se siente enorme. Pinta sus uñas color uva, camina descalza por la sala con el cabello revuelto y en pijama mientras en la cocina se hace el café para dos que no están juntos. Mariana espera al que no tarda en llegar no esperando junto a una puerta sin cerradura que viaja con ella a todos lados.

La luna sueña, sólo sueña…

Escrito por susi.pop el 24 del 02, cuando nadie mira
Hablando de 57 días • (0) Comentarios

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