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Material girl in a material world
De la compradera, consumismo y el neo-capitalismo
Muchas, durante nuestra vida, se van directo al basurero sin siquiera pasar por un filtro de control de calidad. Tiramos cosas indiscriminadamente, sin detenernos un momento a siquiera mirarlas. Creemos que no importan, que no tienen sentido, que no sirven para llenar esa necesidad específica en nuestras vidas en ese específico momento y las tiramos.
Tiramos besos, tiramos abrazos, sonrisas, agradecimientos, confianza, honestidad. Si revisamos nuestro basurero seguro hasta un amigo encontramos. Seguro están ahí algunas caricias de alguien cercano que por no ser como las queríamos las echamos a la bolsa negra. Tiramos esfuerzos de los demás por “intereses” propios –egocentrismo puro–, dejamos a un lado lo que otros pueden hacer por que “no llenan nuestras expectativas”.
Tiramos amor, el mayor y más triste desperdicio. No hablo del amor como el artefacto cursi que utilizan las adolescentes perpetuas de pretexto para enloquecer por un hombre. Hablo del amor como sentimiento generalizado por todas las personas, cosas y situaciones que nos rodean todos los días. El amor como motor vital… el amor como razón de ser y actuar. Lo ponemos –aventamos– a la basura porque no nos gusta comprender que amar no es moldear algo a nuestro antojo; amar es aceptar, respetar, admirar…
Basura y más basura. Creo que hace mucho –sí, aquí está, en la libreta anterior– escribí acerca de la basura. Al parecer, el consumismo nos lleva a tirar cosas a la basura que en definitiva no nos imaginamos que podrían terminar ahí… pero sí, ocurre.
No quiero echar más cosas ni permitir que otros lo hagan con lo que me importa. Sólo debo elegir correctamente…
Hablando de guevos! • Material girl in a material world • (4) Comentarios •
I’ve been shopping a lot lately, surely I’m happier...
Hace algunos meses, justo cuando decidí no volver a tomar un trabajo fijo a menos que fuera uno muy interesante, la preocupación principal de todos los que me rodeaban era el ingreso fijo al que estaba renunciando por lo que parecía ser el berrinche del año.
No me interesa mucho aclarar ahora el por qué no es un berrinche ni las razones por las cuales lo hice… me parece mucho más interesante el por qué todo mundo se asustó.
Hay una exigencia social que nos obliga a percibir un ingreso --consecuente o no, como sea-- para poder encajar en el mundo adulto. En cuanto comenzamos a ganar dinero por nuestros propios medios quedamos insertados en esta sociedad oficialmente, convirtiendo entonces nuestra búsqueda de sustento en una especie de rito iniciático de alguna tribu antigua. Oficialmente te tornas capaz de sostenerte a tí mismo y a la familia que deberías formar dentro de poco --esto tampoco lo voy a discutir en este momento-- y al parecer el tener una forma de ganar dinero te convierte en un ser responsable y adulto, capaz de tomar decisiones importantes sobre tu vida y la de los que te rodean --que dependen o dependerán de ti económicamente.
Comprar, comprar, almacenar. Las posesiones materiales --las lujosas, sobre todo-- son una demostración del poder social que nos otorga el dinero que ganamos. Gastarlo se convierte en la principal razón que tenemos para ganarlo cambiando la primera idea de independencia económica en una de dependencia velada. Ganamos dinero para comprar todas las cosas que nos den una vida cómoda --hasta aquí no objeto nada-- pero también para comprar estatus, poder, “inteligencia”, “libertad” e incluso me atrevo a decir que cierto grado de “sabiduría” entre los que nos rodean --y que seguro no tienen tanto como el más sabio.
Entonces, trabajamos para comprar cosas, no porque nos haga feliz el trabajo que realizamos. En un intento por recuperar la paz de nuestra afectada consumista psique compramos un lujoso condominio en alguna playa más o menos famosa y nos “escapamos” de vez en cuando a pasar una semana alejados de todo aquello que nos molesta, como el ruido de la ciudad y la rápida alza del precio de la gasolina. El grado de estrés que nos produce el no poder comprar un objeto lujoso o realizar ese viaje al que todos deben ir es mayor que el estrés que produce el trabajo mismo que realizamos; una razón más para aguantarlo.
Hay millones de consecuencias psicológicas y fisiológicas causadas por estas dinámicas consumistas. El cuerpo se acaba más rápido y el nivel de neurosis aumenta exponencialmente; sabemos poco de la vida de los que nos rodean pero sabemos muy bien en qué coche viajan y cómo lo pagaron. Buscamos una pareja con las mismas aptitudes socioeconómicas para formar una familia que luego terminará siendo funcionalmente deshecha. Nada de pensar o sentir, eso sería muy hippie. Comemos cosas no transgénicas porque eso es lo que nos dicen que consumamos y está bien; ahora somos mucho más sanos porque tomamos ácidos Omega3 en todos nuestros alimentos.
Nassim Nicholas Taleb en su “The Black Swan” nos habla de las sociedades extremistas y de cómo se ha perdido casi por completo la noción de lo que en realidad vale. Este intercambio de unos valores por otros es lo que acentúa aún más la lucha por aumentar nuestro poder adquisitivo. Cambiamos a nuestras familias por un trabajo extenuante, cambiamos a la naturaleza por los lujos y las comodidades, cambiamos nuestra forma de percibir y de pensar porque debemos consumir.
Eres lo que consumes dicen por ahí. Honestamente, no creo que sea el camino para ser feliz.
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