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57 días
57 días, meramente circunstancial...
El tiempo es relativo, todos lo somos…
Corinne Bailey Rae - Diving For Hearts
Till then I wasn’t alive,
I longed for you like the lovesick moon pulls the tide.
So I peeled off my skin,
I just slipped right in
And I become alive.
’Cause down here there’s no fear
There’s no cause for panic
There’s just bright cold calm,
I feel no harm.
This underwater feeling’s abandon and it fires my heart.
Was it emotion
Or should I just keep on diving,
Keep on diving down?
Under this ocean
I long to keep on diving,
Till my heart is found.
It’s got a hold on me
Can’t forget the things I’ve seen
World will all end
And new worlds will begin
It’s a thought so stark.
We’re at once determinant,
Yet so insignificant,
Spinning out in the velvet dark.
Still, down here
There’s no fear
There’s no cause for panic
There’s just this bright cold calm
Yeah, it leaves a scar
So show me how to find again,
If I’m lost, show me where you are
Was it emotion
Or should I just keep on diving,
Keep on diving down?
Under this ocean
I long to keep on diving,
Till my heart is found.
It’s got a hold on me
Can’t forget the things I’ve seen.
La cabeza sin cuerpo y sin cabello yace plácidamente sobre la mesa de madera sin barnizar de la cocina, gritando órdenes mientras todos corremos aterrados de un lado a otro sin saber exactamente qué estamos cocinando. Un pastel de manzana, al parecer. Cosa rara de hacer cuando el fin del mundo está ocurriendo fuera de la casa.
Algunas horas antes era una manzana amarilla, de esas que tienen la cáscara lisa, sin un solo punto de cualquier otro color. Uno de mis primos tuvo a bien ponerle una mordida y fue cuando se convirtió en la cabeza gritona. Evidentemente lo primero que hizo fue gritar ¡No me muerdan! y luego todo comenzó a cambiar drásticamente mientras nos daba instrucciones acerca de lo que debíamos hacer mientras el fin del mundo ocurre. No he logrado comprender cómo fue que cambió tanto en tan poco tiempo. Me refiero a la cabeza.
Antes de ser manzana era un platón de pescado. Ahora que la contemplo desde una esquina de la cocina me parece lo más normal, pero cuando cambió a ser tazón, tampoco lo comprendimos. Teníamos muchas ganas de comer pescado, lo cual es completamente normal si tomamos en cuenta que habíamos pasado una buena parte del día nadando en el mar.
Bajamos a la playa cuando el día estaba fresco todavía, una costumbre en esos viajes familiares. Mis primos nadaban, corrían por todos lados y jugaban a aventarse agua salada en la cara. Yo estaba sólo caminando en la parte donde las olas desaparecen dejando ondas húmedas en la arena. Uno de los chicos trajo de la palapa una pequeña tabla para hacer surf y comenzaron a jugar con ella. Uno a uno se turnaban para surcar las olas como verdaderos profesionales de la tabla de surf, sólo que echados panza abajo. Yo los miraba.
De pronto, uno de ellos, el más chico, el mismo que luego le ha pegado la mordida, tropezó con ella mientras terminaba su excelente trayectoria sobre una ola perfecta. La esfera estaba un poco enterrada en la arena y cuando él pasó sobre ella logró desenterrarla y golpearse el pie con ella. Me llamaron para verla.
Era una esfera perfecta. Sin una sola protuberancia, completamente lisa y brillante. La superficie dura dejaba ver a través de ella dos pequeñas luces, una roja y otra azul y la esfera misma era oscura, casi negra, pero transparente. Pesaba un tanto, unos tres kilos y estaba fría a pesar de que el calor del verano calentaba todo lo que estaba en la playa, incluidos nosotros.
Decidimos llevarla dentro de la casa y emprendimos el camino de regreso. Mientras estaba en mi bolso comenzó a moverse un poco pero no le hice mucho caso, ya la analizaría llegando. Cuando entramos en la casa, deposité la esfera en la mesa de la sala y todos nos sentamos a observarla. Emitía un extraño resplandor que subía y bajaba de intensidad lentamente mientras temblaba un poco. Extrañamente se mantenía en un solo punto de la mesa, en ningún momento rodó o cambió de posición. Parecía como si estuviese pegada a algo que nosotros no veíamos.
De un momento a otro cambió a ser el tazón lleno de pescados. Mis primos, los 15, irrumpieron en gritos de felicidad. Yo la miraba estupefacta. Una de mis primas tomó el tazón y corrió a la cocina asegurando que podría cocinar un rico platillo con todos esos peces frescos. Cuando puso el tazón en la mesa fue cuando se convirtió en manzana.
El cielo ahora está completamente enloquecido: es una masa de nubarrones negros y destellos rojos y azules, justo como era la esfera antes de cambiar. Yo miro a mis primos correr, agregando ingredientes en miles de tazones diferentes, mientras la cabeza continúa gritando: ¡Soy la esfera del fin del mundo! ¡soy la esfera del fin del mundo! y da órdenes acerca de como debemos adornar el pastel de manzana mientras las grandes olas devoran todo a nuestro alrededor y el suelo se parte en mil pedazos.
Hubo un día en el que nos volvimos pájaros. Todo ocurrió la noche de las burbujas, donde millones de ellas salían de los pozos aquellos que se encuentran en el valle al norte de la ciudad.
Como cada año, todos los habitantes de la ciudad subimos al valle para ver y escuchar como millones de burbujas fosforescentes brotaban a la superficie y se alejaban volando, llevadas por el aire nocturno de la primavera joven. La noche de ese año fue un poco más cálida de lo acostumbrado y gracias a eso se estaba muy bien sin abrigo. Madre había llevado una canasta llena de comida, creo que siempre le gustó cocinar especialmente para ese evento. Padre siempre se ponía contento durante todo el día y Hermano cantaba gustoso y tocaba su pequeño violín mientras esperaba la llegada de la noche. Era como si las burbujas trajeran consigo una alegría incontenible, de esa que te llena y se desborda por tus ojos.
Sentada en el pasto húmedo, yo miraba las burbujas flotar. Me gustaban mucho los colores que eran variadísimos. Cada burbuja podía contener todos los colores imaginables pero lo más hermoso de todo era que brillaban con luz propia. De alguna manera, la luz de las burbujas no estaba contenida dentro de ellas; la luz daba forma a las burbujas al tiempo que las hacía brillar coloreadas. Conforme más alto volaban, más brillaban y poco a poco se confundían con las estrellas. La noche de las burbujas siempre ocurría la primera luna nueva de la primavera y siempre pensé que tal vez se debía a que las burbujas buscaban escapar de la luz de la luna para poder brillar sin ser opacadas ya que la luna misma me parece una burbuja gigante que flota en el cielo nocturno.
¿A dónde se irán todas las burbujas? me preguntaba todos los años. Los habitantes de la ciudad creían que cada una iba a parar a un mundo nuevo diferente y creían que eso era lo que los llenaba de vida, pero yo pensaba que tal vez sólo vagaban por el espacio hasta desaparecer, dejando que la luz que las formaba se esparciera por el universo. Polvo de estrellas; luz de burbujas.
Contemplando el espectáculo fue cuando ocurrió. En la parte Este de la ciudad habitaba un matrimonio que tuvo una hija cinco años antes. La niña era conocida por todos en la pequeña ciudad porque tenía una característica peculiar: sus ojos no tenían un color definido. Algunos días eran azules, otros eran cafés. Muchos aseguraban que el color era gris y otros tantos coincidían en que eran verdes. La primera vez que la ví, me pareció que eran de un púrpura muy oscuro, pero no puedo asegurarlo. Los ojos de la niña eran famosos y ella también. Resultaba ser una niña muy callada, de hecho, nunca le escuché pronunciar una palabra. Pero eso no era importante. Sus ojos eran importantes.
Era una costumbre que todos admiráramos a las burbujas un tanto alejados de los pozos. Hasta esa noche supe el porqué, pero creo que en general nadie lo sabía. Era sólo una costumbre que se había respetado durante cientos y cientos de años. Nadie, nunca, se había acercado a las burbujas o a los pozos, nunca nadie había siquiera tocado alguna burbuja; eso era algo que resultaba inconcebible, nadie lo pensaba.
De pronto la ví correr. Corría de un pozo a otro, asomando la cabeza en cada uno. Su madre gritaba a lo lejos, pero no se atrevía a ir detrás de ella y su padre estaba clavado en el terreno siendo presa del enojo. La niña de los ojos multicolor iba de un lugar a otro, corriendo sin detenerse mucho y no parecía asustada. Su rostro se veía sereno y me pareció, cuando se detuvo en el pozo más cercano a mí que casi sonreía. De pronto, luego de correr un largo rato frente a los ojos estupefactos de la población, se detuvo justo en el centro del pequeño valle…
...caminó pausadamente hacia el pozo cercano…
...asomó la pequeña cabeza para mirar dentro…
...y saltó al interior.
En ese momento, su madre contuvo un último grito. Su padre dio un paso adelante y luego se detuvo. Todos los demás mirábamos. Nadie pronunció palabra alguna. Por un momento, todo se detuvo. Todos dejamos de respirar, el mundo quedó en silencio, el aire dejó de moverse. Todo, excepto las burbujas, se puso en pausa.
Repentinamente, del pozo al que había brincado la niña salió volando un pájaro tan grande como la niña misma. Salió disparado como una flecha y rodeado de una cantidad enorme de burbujas. Fue como si el pozo hubiese sido destapado y una enorme presión hubiera sido liberada. Volaron, el pájaro y las burbujas, hacia el espacio.
Black Moth Super Rainbow - Jump into my mouth and breath the stardust
Uno a uno, todos comenzamos primero a caminar hacia los pozos, luego a correr. Me invadió una necesidad incontenible de correr entre las burbujas. Corrí y corrí, al igual que la niña, de un pozo a otro. Asomaba la cabeza para mirar y sólo podía ver un largo agujero sin fondo iluminado por la luz de las burbujas fosforescentes. Me detuve por fin junto a uno de ellos porque escuché mi nombre salir de él. Recuerdo que era una voz sin sonido, parecida a una voz dentro de mi mente, pero que salía desde lo más profundo del pozo. Entonces sentí unas ganas inimaginables de saltar y lo hice. Caí durante unos segundos cabeza abajo y de pronto comencé a flotar.
Las burbujas estaban adheridas a mi cuerpo como pequeñas pelusas, sosteniéndome en el vacío e iluminando cada vez más las paredes del pozo y a mí misma. Una de ellas flotó extrañamente a mi alrededor hasta quedar frente a mi nariz, pude contemplar entonces los hermosos colores de cerca y me dí cuenta de que en realidad eran diminutos puntos de luz moviéndose en la superficie de la burbuja, como si fuesen seres con vida propia. La burbuja comenzó entonces a emitir un sonido parecido al de una flauta tranversa, o eso fue el único sonido que logré recordar en ese momento. Cambiaba de tono paulatinamente, sin prisa y constante, como si la flauta estuviese alimentada por una fuente de aire que no para nunca. Yo miraba y escuchaba, sin moverme.
De pronto, la burbuja se acercó más y más a mi cara hasta que rozó mis labios. Sin pensarlo, abrí la boca y la dejé entrar. Sentí como si me hubiese pedido permiso para hacerlo y lo hice sin dudar. Fue entonces cuando el cambio ocurrió. Noté que millones de plumas brotaban en mi piel, plumas de colores, como los de los puntos luminosos de las burbujas. Mis brazos se convirtieron en alas y mis pies en patas. Mi cuello se extendió hacia adelante, mi nariz se convirtió en un pico y las burbujas se apagaron un segundo. Cuando se encendieron enseguida sentí que una fuerza incontenible me expulsaba hacia el exterior. Salí despedida por el aire rodeada de millones de burbujas.
Volé, sintiendo como el aire cálido de esa última primavera joven me rodeaba por completo y por primera vez en mi existencia comprendí que soy libre.
Cuando el temblor de 1985, sí ese mismo que le dió en la torre a media capital, yo tenía 4 años. Vivíamos muy cerca del centro de Tlalpan, un lugar cimentado en roca volcánica.
Recuerdo que por esos días yo padecía de no-sueño y me levantaba muy temprano, por lo que a las 6 de la mañana ya me estaba buscando yo alguna actividad como dibujar o jugar con las muñecas hasta que mi mamá me mandara a vestir para ir a la escuela.
Ese día, el del temblor, estaba yo sentada sobre dos sillas apiladas la una sobre la otra. Una de ellas había sido una mecedora con la que disfrutaba meciéndome mientras escuchaba las canciones de Cri-Crí pero en algún momento mi papá la convirtió en silla porque creo que se rompieron las patas. Dibujaba sobre un escritorio-librero que mi papá construyó –sí, tiene dotes de carpintero– y me parece que coloreaba un libro con dibujos de animales. Me gustaba mucho colorear.
Comenzó el movimiento y el librero casi se viene encima mío, si hubiese sido así, seguro me mata. Pero no, logré saltar de las sillas y corrí a la recámara de mis papás. Mi mamá ya estaba en la regadera y mi papá estaba sentado en la cama.
–¿Qué pasa? ¿qué pasa?– pregunté. La respuesta que recibí no contuvo palabra alguna. Mi padre me cargó en brazos y corrió a la sala, ahí fue cuando me dijo que estaba temblando. Mi hermano caminaba por el pasillo rebotando de una pared a otra como pelota de goma. Mi mamá seguía en la regadera pero para ese momento seguro ya se había quedado sin agua y estaba bastante asustada.
No recuerdo lo que pasó después pero sí recuerdo que la lámpara colgante del comedor oscilaba locamente. Al final quedamos los cuatro casi en la entrada de la casa, abrazados –mamá envuelta en una toalla verde y toda mojada.
Me gustan los temblores… mucho, si he de confesar.
Extracto de la libreta roja, resultante de una extensa plática nocturna con el demonio rojo que habita mi alcoba y baila al anochecer.
"Yo prefiero que me entreguen un estómago palpitante lleno de sangre en la mano a que me regalen un jardín de flores porque eso es realidad en toda la extensión de la palabra. Yo no quiero un ego construido sobre una idea efímera y romántica de lo que tendría que ser un caballero rosa y cursi. Quiero comer un corazón ensangrentado, sazonado con cosas cotidianas como lavar ropa, tomar café en la mañana, trabajar arduamente, amanecer descompuesto y enfermarse de gripa.
“Quiero sacarte el cerebro todas las noches para saber lo que esconde en lo más profundo y oscuro, porque eso es lo que realmente somos todos. Las capas de cebolla que nos cubren son síntesis efímeras de un demonio que se esconde en las profundidades y muestra muchas caras al mundo. No me jales al agujero de una felicidad prefabricada, llévame al infierno visceral que se esconde en tu refrigerador, aliméntame de eso.
“Ansío estrellarme contra la realidad luego de caer y caer en la oscuridad. Quiero saltar y recoger mi cuerpo destrozado contra las rocas del acantilado más abrupto que pueda encontrar en tu interior. Quiero estrellarme contra todas las rocas de tu inconsciencia y saber qué es lo que habita en las cuevas que se abren entre ellas. Pelear contra cualquier otro demonio que me encuentre en la expedición y devorarlo, como he hecho siempre.
“Prefiero una áspera realidad que vivir entre almohadones de plumas perfumados. Dame eso ...y me tendrás toda la vida.”
La ausencia no es igual a lejanía no es igual a soledad no es igual a abandono no es igual a soledad no es igual a lejanía no es igual a ausencia...
Infinitamente lejos e infinitamente cerca. Infinitamente se separa el tiempo en una infinidad de partes infinitamente pequeñas. Se expande infinitamente, se hace grande. Infinitas son las cosas que podemos pensar si sabemos que el infinito está contenido dentro de cada uno de nosotros a la vez que nos contiene. Infinitamente vaga nuestro planeta por el espacio y nosotros por consiguiente. En realidad, nada termina porque nada ha comenzado.
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Con un vaso de cartón lleno de café en la mano ella sale de la cafetería haciendo nada diferente a todas las mañanas. Se detiene porque cree que ha olvidado la libreta en el mostrador, pero al abrir el portafolios café se da cuenta de que no es así y continúa su camino. Al llegar a la siguiente esquina se detiene un segundo antes de cruzar la calle. Él camina en dirección contraria y justo antes de dar el paso definitivo que lo pondrá junto a ella suena el teléfono que está guardado en el bolsillo interior de su chamarra. Nunca la miró porque agachó la mirada para alcanzar a contestar esa llamada del amigo que lo invitó a la noche de cartas, como todos los jueves.
Con un vaso de cartón lleno de café en la mano ella sale de la cafetería haciendo nada diferente a todas las mañanas. Al llegar a la siguiente esquina se detiene un segundo antes de cruzar la calle. Él camina en dirección contraria y justo antes de dar el paso definitivo que lo pondrá junto a ella recuerda que ha olvidado apagar la cafetera; eso pasa algunas veces. Da media vuelta y regresa por donde vino, sube los dos pisos por las escaleras hasta su apartamento y apaga la cafetera que comenzaba a calentarse demasiado. Ella ha entrado en el edificio de al lado y ha subido los dos pisos por las escaleras hasta su oficina.
Con un vaso de cartón lleno de café en la mano ella sale de la cafetería haciendo nada diferente a todas las mañanas. Al llegar a la siguiente esquina se detiene un segundo antes de cruzar la calle. Él camina en dirección contraria y justo antes de dar el paso definitivo que lo pondrá junto a ella la mira a los ojos por primera vez, pero ella no mira a los extraños de esa manera y continúa su camino con la mirada dirigida al frente. Él piensa que ha olvidado su agenda en la mesa de la cocina, pero cree que no es importante y decide continuar su camino hasta la oficina donde preguntará a la secretaria las citas que tiene el día de hoy.
Con un vaso de cartón lleno de café en la mano ella sale de la cafetería haciendo nada diferente a todas las mañanas. Al llegar a la siguiente esquina se detiene en seco justo antes de arrollar a un pequeño niño que se ha agachado a levantar la bufanda que ha tirado al piso accidentalmente. En ese momento, él comienza a cruzar la calle y justo antes de llegar a la siguiente esquina el cordón que sostiene el portafolios se ha soltado. Se ha agachado a levantarlo y sólo ha mirado un par de tacones negros que han pasado de largo esquivando al segundo humano agachado en menos de cien metros de calle.
Con un vaso de cartón lleno de café en la mano ella sale de la cafetería haciendo nada diferente a todas las mañanas. Justo antes de llegar a la siguiente esquina ha dejado caer la servilleta de papel que le han dado junto con el vaso lleno de café y en un momento de conciencia ecológica ha vuelto dos pasos para levantarla. Justo en ese instante él cruza la calle y cuando logra alcanzar la siguiente esquina ella se levanta, da media vuelta y se da cuenta demasiado tarde de que él está frente a ella. Lo ha bañado con el café caliente, ha sido una suerte que haya levantado esa servilleta de papel unos segundos antes…
El amanecer fue inexplicablemente hermoso el día que el sonido dejó de existir en el mundo, como un aviso para los atentos. Como un recordatorio de que las cosas que miramos eran igual de importantes que las cosas que escuchábamos.
Esa mañana los pájaron cantaron sonidos mudos al hermoso amanecer. El hombre despertó y descubrió que nunca más podría decir buenos días a su amada, que tardó horas de más en despertar porque no pudo escuchar el sonido del despertador. Los niños celebraron el asunto jugando caras y gestos como primera actividad, las abuelas lloraron en silencio.
Ese día se reunieron los dirigentes del mundo para decidir el nuevo código que comunicaría al mundo al saber que los teléfonos son inservibles ahora. Decidieron símbolos nuevos para la música, para gritar y para estornudar, pero la tristeza comenzó a acomodarse en los corazones de la gente común que todos los días y continuamente lloraban lágrimas silenciosas.
El hombre de la montaña gritó al mundo un grito que no movió un ápice del aire frío que lo rodeaba. Sin saberlo, se salvó de que una avalancha de nieve y piedras heladas cubriera su casa si el grito hubiese existido. Los gorilas dejaron de comunicarse y las guacamayas del Brazil no pudieron decir cosas al vuelo. Los grillos dejaron de encontrarse y poco a poco, el mundo se puso gris.
Nunca, nadie había pensado que el sonido desaparecería del mundo algún día y por supuesto nadie tomó las precauciones necesarias. Muy pocos habían desarrollado la forma de convertir ciertos sonidos a imágenes, pero era inútil; sin las ondas sonoras propagándose por el aire nada podía hacerse.
Paulatinamente las guerras terminaron por perder sentido porque las bombas no podían escucharse y los soldados regresaron a casa calladamente, sin alegría, porque sabían muy bien que no podrían decir cuánto habían extrañado a sus madres y a sus hermanos.
El mundo, en silencio, cambió para siempre.
La vida tranquila de Mariana, como siempre tranquila.
Mariana recurrente al capítulo repetido donde su vida se mantenía en calma, sin sobresaltos, sin problemas. Hacer el amor, encender el calentador del agua, hacer café para que el hombre con el que vivía pudiera desayunar, platicar un poco con él mientras comían algún pan y despedirle en la puerta cuando él partía a trabajar todo el día.
Estando sola en esa casa tan enorme Mariana se sentía pequeña viviendo días tranquilos, tibios e iguales, todo el tiempo haciendo lo que debía hacer ahí dentro: espinacas hervidas con mantequilla para cenar, tallar unos calcetines, limpiar los pisos y tal vez salir un rato a la tintorería mientras paseaba platicando con el perro que le hacía compañía en silencio. Días y días, soleados y lluviosos, todos iguales, todos tranquilos.
Estaba segura, al igual que sus padres, que era la vida tranquila que ella siempre deseó.
Una noche, mientras cenaban alcachofas, el hombre con el que dormía le pidió que buscara un empleo que les permitiera pagar algunas deudas que él había adquirido antes de ir a vivir con ella, porque lo que Mariana ganaba en ese momento con el trabajo desde casa sumado al sueldo que él lograba en la pequeña empresa que lo había contratado no eran suficiente para pagar. Ella prometió ayudar.
Algún día tranquilo, luego de hacer el amor, prender el calentador del agua, hacer el café, comer un pan, platicar con el hombre y despedirle desde la puerta, ella comenzó a arreglarse para salir más temprano y por más tiempo.
Salió, recorrió las calles en su pequeño coche gris. Llegó a la nueva oficina del nuevo empleo y luego que subió por el elevador su vida cambió, primero imperceptiblemente, luego precipitadamente y nunca volvió a ser la misma.
...
Ella guarda una fotografía de la primera vez que le miró. Nada que los rodeara fue importante sólo esa sonrisa un poco tímida, un poco expectante y la luz contenida en la mirada de niño que la contemplaba. Recuerda Mariana en la fotografía cálida del momento cálido. Recuerda, y ahora deja de llorar lágrimas cálidas.
...
Mariana pequeña dejó de caber en su vida tranquila y no volvió a dormir tranquila. Pasaron algunos días tranquilos que ahora más que antes la asfixiaban y la aplastaban contra los pisos limpios. No duerme más, no hace buen café y el pan se pone duro. El hombre que duerme impasible a su lado parece un muñeco frío de madera y Mariana sabe que él no tiene la culpa, nadie tiene la culpa, sólo ella.
Un beso furtivo paró el mundo que ella conocía y lo desmoronó, pero la culpa no fue de nadie, sólo de ella. El hombre que ahora no dormiría junto a ella regresó a casa de sus padres no sin antes decirle que debió encontrar un trabajo que le permitiera estar más tiempo en casa. Despidió a la enorme casa con una enorme fiesta y luego de rescatar algunos recuerdos para venderlos, la derrumbó. Cambió el color de su cabello, el olor de su piel. Mariana cambió de nombre y de amigos, ella se reinventó.
...
El hombre con mirada de niño la siguió unos cuantos meses. Cuando Mariana volteaba un poco, él estaba ahí y ella se aseguraba de dejar rastros de pan de desayuno para que él la encontrara con facilidad. Se fueron de viaje en una burbuja, hicieron el amor entre luciérnagas y con la luna en el buró, recorrieron caminos largos y volvieron volando. Durmieron bien muchas cortas noches para luego despertar pocas mañanas juntos. Cantaron, hicieron música y soñaron hasta que una noche sin luna, con motivos ajenos y sin la razón bien puesta, él se fue…
...
El hombre cálido ya no vuela junto a Mariana grande, ya no la sigue y ya no canta para ella. Ella lo sueña y en esos sueños él grita cosas que nunca dijo antes de marcharse. Ella siente angustia por nada, siente alegría por nada, tristeza que no es de ella y le duelen los golpes que ella no recibió. Mariana grande se siente sola y llora lágrimas de miel.
Mariana extrañaba todo y se ponía mal por cualquier cosa sin importancia. Siguió sus planes, aprendió a extrañarle al punto de no extrañarle. Aprendió a no desear besar a nadie, a no reconocer olores de nadie, ni las voces en los sueños. Aprendió por fin a no escribir para alguien, a no cantar para alguien y a estar sola. No volvió a dormir bien… o volvió a levantarse temprano.
...
Mariana tiene ahora una casa pequeña en donde se siente enorme. Pinta sus uñas color uva, camina descalza por la sala con el cabello revuelto y en pijama mientras en la cocina se hace el café para dos que no están juntos. Mariana espera al que no tarda en llegar no esperando junto a una puerta sin cerradura que viaja con ella a todos lados.
La luna sueña, sólo sueña…
Now, the enlargement of time is on this very same side...
Ahora el tiempo es largo y resulta no ser una dimensión alterna como solía serlo hace unos meses. Transcurre lentamente y se mueve pesadamente, como una gelatina que lo cubre todo, desde la puerta de la entrada hasta la barda del patio trasero. El tiempo alargado es ahora el tiempo normal, mientras el tiempo normal se ha perdido en quién sabe que lugar del mundo.
Los días se han vuelto tan largos que no se sabe exactamente donde termina uno y comienza otro. Las noches se intercalan en algún momento conteniendo sonidos de los grillos que se hacen tan largos que parecen susurros de personas que habitan la habitación contigua. La luna llena ocupa el cielo muchas más horas de lo acostumbrado y la luz que emana parece apagarse de lo lenta que resulta.
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El hombre ha regresado entrando por la misma puerta por la que ha salido la última vez y se ha sentado junto a la chica que justo acaba de dejar la taza con el café pegado en el fondo sobre la mesa de la sala. Nunca, ninguno de los dos ha estado consciente en realidad de que esta vuelta del tiempo podría suceder y ninguno de los dos puede asegurar lo que es correcto hacer o decir.
Chica: Forever now can last for ever, pero es la idea de tí la que no estoy segura podría sobrevivir tanto tiempo. Nunca he sabido lo que significa aunque siempre ha estado ahí, porque siempre ha tenido un final cuando el tiempo regresaba a la normalidad. Now, in this enlarged time, everything can be possible… or maybe not.
Hombre: Nunca he tenido el tiempo suficiente para hablar, siempre ha sido un abrir y cerrar de ojos. I always have to leave before I can tell you a thing about the real measurement of time. Perdona…
Chica: Ahora nada podemos hacer y tenemos que lidiar con lo que ha ocurrido. El tiempo se alarga y tenemos demasiado tiempo para descifrarlo, pareciera que fuera una oportunidad pero no estoy segura.
Hombre: Now and then, I’ve never been used to this large thoughts or this large feelings... perdona, pero no se cómo expresarlo.
Chica: Ya no importa, el tiempo se ha volteado en nuestra contra y no hay nada que podamos hacer.
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Algunos días después, algunas horas quizás que por ser tan largas parecen días, la chica se ha levantado del sillón y ha caminado lenta, muy lentamente hacia la puerta. Ha salido a la calle cerrando la puerta que ha producido un sonido tan largo que parece un golpe seco en el cráneo seco de un animal…
Los peces pueden volar, el único problema al que se enfrentan es que no pueden respirar fuera del agua y por lo mismo, no lo intentan tan seguido.
Siempre que hay luna llena, los peces pueden navegar el cielo con seguridad. Hay algo en la luz de la luna que los ayuda a respirar, no tan bien como en el agua, pero pueden sobrevivir. Muchos peces no lo saben, ahora es como un mito urbano para ellos, derivado del hecho de que los humanos los atrapaban fácilmente cuando volaban las noches de luna llena para luego llevarlos a casa y cocinarlos con especias y darlos de comer a los hijos hambrientos de tanto jugar.
Los pocos que lo saben porque lo han descubierto salen a navegar el cielo esas noches. Se cree que los mares lunares se desparraman por el espacio gracias a la luz solar que rebota en la luna. Como sea, los peces nadan entre los destellos débiles de las estrellas y otros planetas. Salen flotando en la atmósfera empapada de luz de luna llena y cazan luciérnagas con gran facilidad.
Un pez lunatizado sabe mejor que un pez sólo del agua porque conoce muchos secretos del mundo que un pez normal nunca podría saber y aunque se lo contaran otros peces no podría creerlo. Un pez de la luna puede cantar, por ejemplo. En realidad no puede articular palabras como las que conocemos los humanos entonces sus canciones son sonidos acuosos que salen de sus branquias, parecidos al silbido que produce el viento cuando recorre los carrizales. Cantan inspirados por el aire frío que los recorre cuando vuelan, se inspiran muchas veces en el brillo tenue de las estrellas o en la luz de las luciérnagas que van comiendo durante el viaje. Cuando vuelan, cambian de estanque sin problema y es así como ocurren cosas parecidas a la polinización, pero debajo del agua.
Siempre que mires un pez navegando la luz de la luna llena, déjalo ir en paz, pero no olvides darle una migaja como premio por ser tan valiente.
Lunar
