Otro mundo V
(...) Otro mundo IV
Los lobos nos rodearon sin que pudiéramos darnos cuenta. La luz de las fogatas oculta cualquier cosa que no esté dentro de su rango y no pudimos verlos hasta que Betula dejó de tocar a la mitad de una canción para mirar directo en los ojos de uno de ellos.
Hace muchos, muchísimos años, antes que llegara el fin del mundo y antes que los lobos aprendieran a hablar, existía en el centro del bosque una enorme roca llamada la Piedra del Sonido.
Todos los días antes del atardecer, la enorme piedra cantaba hermosas canciones para despedir al sol y todas las mañanas al amanecer para recibirlo. Canciones extrañamente hermosas salían de ella inexplicablemente. Una roca cualquiera, cubierta de musgo, no más grande que un humano adulto.
Cuando la esfera terminó con todo, la roca dejó de cantar y todos los animales se fueron. Es por eso que el bosque es ahora tan silencioso.
Esta historia la contó Betula mientras los lobos nos visitaron. Todos escuchábamos atentamente, los lobos mirándola con sus amarillos ojos al rededor nuestro. Debió haber sido una escena extraña.
Tiempo atrás, cuando los sobrevivientes comenzamos a reunirnos en el valle, alguien nos contó historias terribles acerca de los enormes lobos que habitan el bosque. Ahora creo que fue la forma de mantenernos alejados de ellos. Son animales tan pacíficos como una planta, no pienso que pudieran matar a un humano sin motivo alguno. Son imponentes, eso sí.
Son la sabiduría misma y son los únicos que decidieron quedarse para mantener la vida del bosque porque sin animales habitándolo hubiese muerto irremediablemente.
El más grande de ellos es también el más viejo. Ha estado en el mundo desde siempre, desde que el bosque existe y al parecer se quedará mucho más que cualquiera de nosotros. Su mirada es impactante y siempre que te mira a los ojos puedes saber que él descubre todo lo que hay en tu alma y en tu mente. Tal vez uno nunca sepa tanto de sí mismo como el lobo puede llegar a descubrir.
Pasamos un largo rato escuchando a Betula tocar la flauta, casi hasta el amanecer. Cuando nuestros ojos comenzaron a cerrarse y nuestro cuerpo se hizo pesado decidimos regresar a nuestro campamento para dormir. Mirham y yo volvimos junto a nuestra embarcación caminando en silencio y Betula se fue montada, medio dormida, en el lomo del lobo gigante. Nos acurrucamos dentro de la casita que construimos con algunas ramas y dormimos profundamente hasta que el sol estaba casi en el centro del cielo. El bosque y su silencio te sumergen en el sueño más profundo.
Mirham despertó antes que yo y salió de la casita. Preparó el fuego, preparó la bebida de la mañana y recolectó algunas moras para comer. Cuando desperté y salí, lo encontré limpiando al barco que flotaba pacíficamente amarrado a la roca. El calor comenzaba a elevarse y el sol estaba en el centro del cielo cuanto Betula llegó a saludarnos alegremente. Mientras bebíamos y comíamos las moras, nos contaba algunos detalles de la vida con los lobos. Cuando terminamos, Betula sacó la flauta y comenzó a tocar.
Pasó algo extraordinario.
El barco comenzó a moverse extrañamente de arriba a abajo, primero lentamente y luego un poco más rápido. Mirham fué a mirar qué era lo que lo había inquietado –si es que un barco puede inquietarse– y entonces, al acercarse a la piedra y tocarla para poder desatar el lazo, descubrió que estaba increíblemente caliente y que además vibraba. Ató al barco en un arbol cercano y regresó junto a nosotras que contemplábamos a la roca.
El chico solar se acercó lentamente, en silencio y repentinamente trepó para quedar de pie en lo alto de la roca. Esta comenzó a temblar cada vez más fuerte pero Mirham no bajaba; seguía ahí parado, equilibrando su cuerpo para no caer.
Betula se acercó un poco y tocó con la palma de su mano a la gran piedra. Mientras, yo miraba al chico temiendo que se cayera. Betula le dijo algunas palabras a la roca que no pude comprender, luego comenzó a cantarle y entonces la roca emitió un sonido extremadamente agudo mientras comenzaba a brillar.
Por un momento dejé de poder mirar. La luz que ésta emitía combinada con el sonido me aturdieron. Cuando por fin logré abrir los ojos y quitar las manos de mis oídos comencé a escuchar una melodía emitida por la piedra. Mirham seguía trepado ahí, con los ojos cerrados, la cara hacia al cielo y los brazos extendidos hacia el sol.
Betula pegó un grito de alegría, el viento comenzó a soplar entre las copas de los abedules, los lobos comenzaron a aparecer y la roca dejó de moverse para sólo vibrar mientras cantaba brillando tenuemente. Mirham resultó ser un conductor solar. Hombre del Sol, lo llamó el lobo gigante.
Habíamos despertado a la Piedra del Sonido, ahora los animales podrán regresar a habitar el bosque.

