ficciones

Esas cosas de las que es mejor hablar en tercera persona

Otro mundo V

(...) Otro mundo IV

Los lobos nos rodearon sin que pudiéramos darnos cuenta. La luz de las fogatas oculta cualquier cosa que no esté dentro de su rango y no pudimos verlos hasta que Betula dejó de tocar a la mitad de una canción para mirar directo en los ojos de uno de ellos.

Hace muchos, muchísimos años, antes que llegara el fin del mundo y antes que los lobos aprendieran a hablar, existía en el centro del bosque una enorme roca llamada la Piedra del Sonido.

Todos los días antes del atardecer, la enorme piedra cantaba hermosas canciones para despedir al sol y todas las mañanas al amanecer para recibirlo. Canciones extrañamente hermosas salían de ella inexplicablemente. Una roca cualquiera, cubierta de musgo, no más grande que un humano adulto.

Cuando la esfera terminó con todo, la roca dejó de cantar y todos los animales se fueron. Es por eso que el bosque es ahora tan silencioso.

Esta historia la contó Betula mientras los lobos nos visitaron. Todos escuchábamos atentamente, los lobos mirándola con sus amarillos ojos al rededor nuestro. Debió haber sido una escena extraña.

Tiempo atrás, cuando los sobrevivientes comenzamos a reunirnos en el valle, alguien nos contó historias terribles acerca de los enormes lobos que habitan el bosque. Ahora creo que fue la forma de mantenernos alejados de ellos. Son animales tan pacíficos como una planta, no pienso que pudieran matar a un humano sin motivo alguno. Son imponentes, eso sí.

Son la sabiduría misma y son los únicos que decidieron quedarse para mantener la vida del bosque porque sin animales habitándolo hubiese muerto irremediablemente.

El más grande de ellos es también el más viejo. Ha estado en el mundo desde siempre, desde que el bosque existe y al parecer se quedará mucho más que cualquiera de nosotros. Su mirada es impactante y siempre que te mira a los ojos puedes saber que él descubre todo lo que hay en tu alma y en tu mente. Tal vez uno nunca sepa tanto de sí mismo como el lobo puede llegar a descubrir.

Pasamos un largo rato escuchando a Betula tocar la flauta, casi hasta el amanecer. Cuando nuestros ojos comenzaron a cerrarse y nuestro cuerpo se hizo pesado decidimos regresar a nuestro campamento para dormir. Mirham y yo volvimos junto a nuestra embarcación caminando en silencio y Betula se fue montada, medio dormida, en el lomo del lobo gigante. Nos acurrucamos dentro de la casita que construimos con algunas ramas y dormimos profundamente hasta que el sol estaba casi en el centro del cielo. El bosque y su silencio te sumergen en el sueño más profundo.

Mirham despertó antes que yo y salió de la casita. Preparó el fuego, preparó la bebida de la mañana y recolectó algunas moras para comer. Cuando desperté y salí, lo encontré limpiando al barco que flotaba pacíficamente amarrado a la roca. El calor comenzaba a elevarse y el sol estaba en el centro del cielo cuanto Betula llegó a saludarnos alegremente. Mientras bebíamos y comíamos las moras, nos contaba algunos detalles de la vida con los lobos. Cuando terminamos, Betula sacó la flauta y comenzó a tocar.

Pasó algo extraordinario.

El barco comenzó a moverse extrañamente de arriba a abajo, primero lentamente y luego un poco más rápido. Mirham fué a mirar qué era lo que lo había inquietado –si es que un barco puede inquietarse– y entonces, al acercarse a la piedra y tocarla para poder desatar el lazo, descubrió que estaba increíblemente caliente y que además vibraba. Ató al barco en un arbol cercano y regresó junto a nosotras que contemplábamos a la roca.

El chico solar se acercó lentamente, en silencio y repentinamente trepó para quedar de pie en lo alto de la roca. Esta comenzó a temblar cada vez más fuerte pero Mirham no bajaba; seguía ahí parado, equilibrando su cuerpo para no caer.

Betula se acercó un poco y tocó con la palma de su mano a la gran piedra. Mientras, yo miraba al chico temiendo que se cayera. Betula le dijo algunas palabras a la roca que no pude comprender, luego comenzó a cantarle y entonces la roca emitió un sonido extremadamente agudo mientras comenzaba a brillar.

Por un momento dejé de poder mirar. La luz que ésta emitía combinada con el sonido me aturdieron. Cuando por fin logré abrir los ojos y quitar las manos de mis oídos comencé a escuchar una melodía emitida por la piedra. Mirham seguía trepado ahí, con los ojos cerrados, la cara hacia al cielo y los brazos extendidos hacia el sol.

Betula pegó un grito de alegría, el viento comenzó a soplar entre las copas de los abedules, los lobos comenzaron a aparecer y la roca dejó de moverse para sólo vibrar mientras cantaba brillando tenuemente. Mirham resultó ser un conductor solar. Hombre del Sol, lo llamó el lobo gigante.

Habíamos despertado a la Piedra del Sonido, ahora los animales podrán regresar a habitar el bosque.

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el 02 del 06, casi de noche,
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Otro mundo IV

(...) Otro mundo III

Los pastizales verde esmeralda son como el mar. El viento los mueve creando una marea que ondula suavemente bajo el pequeño barco flotante.

Viajamos durante días y noches enteras sin saber a dónde nos llevaría la embarcación que flotaba rápida pero suavemente sobre cualquier superficie. Cruzamos el valle de los pastizales a toda velocidad y cuando llegamos a las montañas que delimitan la parte este pensamos que se detendría, pero no fue así; tan sólo redujo la velocidad y comenzó a subir cuesta arriba. En la cumbre nevaba pero eso no lo detuvo. Subimos y bajamos las montañas para adentrarnos luego en el bosque de abedules.

Yo jamás había estado tan lejos de casa desde que nos trajeron los autobuses verdes luego de los incidentes que cambiaron al mundo y encontrarme de pronto y casi sin pensarlo en el bosque me hacía sentir feliz. El chico solar estaba en todo momento alerta; se veía como un explorador.

El barco navegó bosque adentro pasando suave y ágilmente entre los árboles. Más de una vez pensé que íbamos a estrellarnos contra algún tronco o alguna rama caída pero no fue así. Resultaba increíble como el barco podía salvar cualquier obstáculo. De pronto la velocidad comenzó a reducirse hasta que parecía flotar casi inmóvil. Él y yo nos miramos pensativos y sin decir palabra esperamos para ver qué iba a suceder. Alcanzamos un pequeño claro y el barco fue a posarse justo en el centro, junto a una roca que sobresalía cubierta de musgo. Me pareció cansado, no puedo explicar porqué.

Bajamos lentamente y en silencio. La falta de sonidos en el bosque hacía que uno intentara ser lo más silencioso posible. Lo único que alcanzaba a escuchar era el sonido del viento moviendo un poco las copas de los abedules y nada más. No había pájaros ni sonidos de otros animales. Era una sensación extrañamente confortable.

Murmuramos algunas palabras y casi puedo creer que no omitíamos sonido alguno. No había necesidad de hacerlo porque podíamos escuchar el movimiento de los labios y comprender las palabras. Decidimos comer sentados en la hierba junto al barco que reposaba apaciblemente. Sacamos las cosas de las mochilas y comenzamos a preparar todo. El chico fue a buscar unas ramas para prender fuego y mientras yo me dedicaba a sacar ingredientes de los contenedores.

Fue entonces cuando silenciosamente se acercó a mí.

Era una niña entonces. Tenía los ojos azules como el océano y el cabello rojizo. Me miraba ahí parada, casi desnuda, sin pronunciar palabra. Yo le miraba también, al principio un poco sobresaltada. Cuando regresó el chico de buscar madera ella y yo seguíamos mirándonos sin movernos, sin pronunciar palabra, ella parada frente a mí y yo hincada sobre la hierba. Ella miró al chico y sonrió.

Betula es su nombre. No sabemos, ni siquiera ella, de dónde viene o cómo llegó al bosque. Ella dice que siempre ha estado ahí, viviendo entre los abedules y las piedras cubiertas de musgo. Alguien debió abandonarla ahí cuando era muy pequeña.

Betula es silenciosa, igual que el bosque… pero cuando habla un poco su voz es melodiosa, como un pequeño arrollo de agua cristalina. Betula no sabe de donde vino su nombre, dice que el bosque mismo se lo dijo una vez mientras dormía y despertó sabiéndolo.

Pasamos varios días en el bosque. Nuestro Sol había decidido amarrar nuestro pequeño barco a la piedra por si acaso decidiera volar un día sin nosotros. Me dijo que no podíamos perderle porque debíamos seguir navegando a donde nos llevara. Yo en realidad tenía ganas de quedarme en el bosque, pero si era necesario seguir lo haría de cualquier forma.

Betula nos mostró varias cosas interesantes, entre ellas y la más importante de todas, fue un pequeño instrumento de viento, parecido a una flauta transversa que produce sólo cinco notas distintas. Betula hacía música.

Una noche, mientras estábamos en la fogata escuchándola tocar, aparecieron los lobos… nunca he sentido tanto miedo…

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el 17 del 05, cuando nadie mira,
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Otro mundo III

(...) Otro mundo II >

Alarm Will Sound - Fingerbib

Luego de varios días comencé a soñar de nuevo. Mucho antes que se fuera el primero de ellos yo había parado de soñar y eso era en extremo inusual. Siempre sueño y mis sueños son importantes porque cuentan cosas que ocurren en el mundo real, como si fuesen mensajes anticipando cualquier hecho que ocurrirá. Durante el día no se me ocurre mucho en qué pensar, no como en los sueños.

– Eres diferente. Me dijeron ellos cuando comencé a contar mis sueños. Me explicaron que extrañamente, cuando apareció la esfera aquella, todos perdieron los sueños en algún lugar del fin del mundo. Durmieron todas las noches vacíos como una cáscara de naranja con nada dentro.

La historia que él me había contado destapó una ola incontenible de sueños, al principio un poco confusos. Soñaba con campos, con flores y con aves que nunca había visto. –Tal vez existan en ese otro lugar al que todos van y podría ser que tú tengas que quedarte porque ya sabes lo que hay allá. No lo sabía de cierto y tampoco sabía por qué él tenía que quedarse.

--o--

Él… pasaba todo el día haciendo millones de actividades, como moviendo las cosas que hay dentro de la casa o construyendo otras fuera de ella. Un día teníamos una vaya de madera que rodea un pequeño jardín bastante definido. Sembró algunas plantas dentro. También comenzó a construir una pequeña embarcación aunque no había ningún río o mar cercano. Le pregunté una noche, mientras bebíamos té frío cómo planeaba transportarla a cualquier lugar y me respondió que no lo sabía, pero que creía que en algún moento nos sería muy útil. Sólo lo sabía.

Alarm Will Sound - Avril 14th

Pocas veces pasábamos mucho tiempo sin hablar. Hablamos sobre cosas que recordamos acerca de tiempos que transcurrieron en lugares lejanos. Recordamos cuando el cielo se descompuso y el sol dejó de salir por mucho tiempo y entonces me cuenta, de nuevo, que fueron los peores días de su vida. El chico con los ojos de sol se nublaba por completo. Recordamos el sabor de ciertas cosas que ahora no podríamos encontrar para comer, recordamos cómo era la música antes que se perdiera en el fin del mundo y cantamos algunas canciones incompletas, hasta donde podemos recordar cómo son.

Una de las cosas que más nos gusta recordar es el sonido de las olas y el color de la arena. La primera vez que hablamos acerca de eso soñé que caminaba en una playa con arenas tornasoladas que brillaban reflejando, en millones de colores, la luz solar. Había gaviotas volando muy cerca de la arena y el mar era color turquesa. Desperté oliendo a mar y algunos días depués descubrí que había un puñado de arena debajo de mi cama. Esas cosas me pasan a menudo; las cosas se salen de mis sueños y aparecen por la casa en donde menos lo espero. No dije nada al respecto, pero puse esa arena en una pequeña bolsa y la guardé dentro de mi caja con cosas importantes.

--o--

Esa tarde, vagando por el valle, encontramos una caverna que nunca habíamos visto. La entrada estaba escondinda entre unas rocas algo bajas que sobresalían de entre los árboles que las rodeaban. Habíamos estado caminando durante mucho tiempo bajo el sol y decidimos tomar un descanso a la sombra de los árboles; fue por eso que la encontramos. Parecía profunda y me recordó más a un pozo que a una caverna; desde dentro podían escucharse sonidos extraños, secos y cortos, como si alguien golpeara algo a destiempo en algún lugar lejano dentro de ella.

Alarm Will Sound - Prep Gwarlek 3b

Él tomó una piedra algo grande y la dejó caer dentro de la caverna-pozo. El sonido cesó un momento y luego todo comenzó a temblar. Corrimos de vuelta a casa sin saber exactamente lo que había ocurrido, sólo que era momento de partir y así lo hicimos. Metimos algunas cosas en las mochilas de viaje, cerramos las ventanas, apagamos las luces y salimos. Ya había oscurecido y la luna llena iluminaba el pequeño jardín haciendo que las plantas se vieran distintas. Él me dijo que tenía que pensar en una manera rápida de transportar nuestro pequeño barco y mientras buscaba apresurada y torpemente algo que le ayudara alrededor de la casa fue cuando ocurrió una cosa muy extraña.

Por alguna razón que no puedo explicar y sin pensarlo demasiado extraje la pequeña bolsa llena de arena de mi mochila, la abrí y lentamente vacié el contenido en la cubierta del pequeño barco.

Casi no logramos subirnos cuando éste comenzó a flotar y a alejarse de la casa navegando rápidamente por el valle.

(...) Otro mundo IV

Aquí la susi.pop,
el 29 del 04, de noche,
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Otro mundo II

(...) Otro mundo I >

Esa noche, la noche que Marina se fue, fue cuando le encontré vagando por el jardín. 

Estaba todo desarrapado y con la mirada perdida en algún punto del horizonte. Caminaba pausadamente, como tratando de encontrar algo que nadie puede ver. Traté de hablarle pero no me respondió, estaba completamente hipnotizado.

Lo llevé dentro de la casa y no opuso resistencia alguna, era como si no estuviese ahí del todo. Le metí en la bañera luego de calentar un poco de agua y por más que traté que se bañara él sólo estaba ahí sentado, sin moverse, sin responder a ningún estímulo. Me pareció extraño encontrarme con alguien justo ahora que me había quedado sola, pero me pareció más extraño aún que este alguien no estuviese en la realidad. Fue como una mala broma, es como encontrar un reloj que no funciona o una radio sin baterías.

Luego de asearle lo llevé a la cocina para darle algo caliente de comer. Serví un poco de la infusión que sobró de la mañana, pero no la bebió. Estábamos los dos sentados en la mesa de la cocina, él ocupaba el lugar frente a mí y aunque miraba directamente a mis ojos, en realidad no me miraba del todo. Inanimado por completo. Tuve mucho tiempo para contemplarle. Miré en sus ojos color gris verdoso y noté que en el centro del iris se dibujaba una figura café casi naranja parecida a una estrella. Miré con detenimiento la barba que cubría su cara, el color de su cabello, la forma de su nariz y de sus orejas. Miré sus manos que yo misma coloqué sobre la mesa sosteniendo la taza con líquido caliente. Miré sus brazos y el color de su piel.

Me pregunté como se llamaba, le pregunté en voz alta su nombre pero no obtuve respuesta. El chico con ojos de sol respiraba pausada y tranquilamente, como si durmierse con los ojos abiertos. Pensé que dormir era buena idea porque había sido un día largo y me sentía cansada. Luego de quitarle la taza de las manos lo ayudé a levantarse de la silla y le llevé hasta una de las camas vacías del cuarto común. Lo acosté, le arropé e inmediatamente se quedó dormido… o cerró los ojos como si lo hiciera, boca arriba tal cual lo metí en la cama. Me quedé dormida observando como las cobijas se movían siguiendo su respiración tranquila.

Jon Hopkins - Autumn Hill

Cuando desperté la mañana siguiente él estaba sentado en la cama, mirándome. Por un segundo pensé que no me miraba, como la noche anterior, pero en cuando notó que estaba despierta me preguntó –¿quién eres?–. En ese momento me incorporé y le dije mi nombre. Él no dijo nada, tan sólo me miraba, sin expresión alguna. Me levanté lentamente, como si fuese a asustarse si yo hacía algún movimiento brusco y le pregunté si quería desayunar. Sólo me miró sin responder. Caminé hasta la cocina y prendí el fuego. Cuando miré a la puerta él estaba ahí, de pie, mirándome. Preparé algunas cosas y serví la comida, le pedí que se sentara y lo hizo. Comió pausadamente, casi como si no tuviese hambre. Mientras tanto yo seguía preguntándome de dónde había salido pero no me atreví a preguntarle. Dejé que terminara la comida, levanté los platos sucios, los lavé y volví a sentarme frente a él esperando a que dijera cualquier cosa.

Luego de mirarme largo rato comenzó a hablar:

– Vengo de las colinas que se encuentran al sur del valle cercano. Caminé durante mucho tiempo y en algún punto del camino me extravié. No perdí el camino, me perdí en mis pensamientos. Cuando recuperé el sentido estaba en la cama donde me miraste cuando despertaste. Hace algún tiempo, antes que todos se fueran, caminé con un amigo hasta los lindes de esta casa y miramos por las ventanas una noche que había gente dentro. Eran muchos y ahora parece estar desierta.

– Lo se, todos se han ido también– contesté –ayer se fue la última de ellos y cuando regresé a casa luego de acompañarla a la piedra triangular fue cuando te encontré vagando por el jardín, te encontrabas en muy mal estado. Te metí a la bañera y traté que tomaras algo caliente pero estabas en algún otro lugar, como dices.

– Te lo agradezco– dijo mirándome. Sus ojos brillaban iluminados por la luz de la mañana que entraba por la ventana a mis espaldas, parecían más claros que la noche anterior. – No estoy muy seguro de cuánto tiempo habré vagado por ahí, pero lo importante es que logré llegar al lugar al que quería ir desde un principio. Quería encontrar a alguien vivo y lo logré. Soy uno de los que se tiene que quedar y estaba seguro que debía encontrar a otro como yo pronto, ¿tú debes quedarte?

Por un momento no supe qué contestar. Nadie nunca me había hablado de tener que quedarme, es más, yo misma nunca me había preguntado si quería quedarme o si quería ir donde todos se han ido. Le dije que no lo sabía y luego de suspirar comenzó a contarme una historia que yo no sabía.

(...) Otro mundo III >

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el 15 del 04, cuando nadie mira,
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Otro mundo

Doves - The Last Broadcast [Magnet Remix]

– Hay un sólo día al año para cruzar. El único día del año, el día exacto. Ni antes, ni después podrás hacerlo– Murmuró Octavio en mi oído mientras nos escondíamos del que nos buscaba. 

El tiempo exacto para jugar una buena partida de escondidas antes de volver a trabajar, eso eran los descansos en los primeros años de escuela. Octavio y yo nos escondíamos juntos la mayoría de las veces y hablábamos de cosas que no creo recodar del todo bien. No era mi mejor amigo, pero sí mi compañero de escondidas.

El tiempo de las rosas no duraba mucho, al parecer a eso se refería cuando me dijo que hay un sólo día al año para cruzar. Entonces no lo comprendí sino hasta muchos años después. Cuando Marina decidió intentar cruzar luego que medio planeta se desmoronó por culpa de la esfera aquella, la del fin del mundo.

Marina siempre me pareció una chica sencilla pero para nada débil o pacífica, por el contrario, la energía que transmitía parecía incontenible. Tenerla de compañera resultaba energizante, más que tomar una dosis de píldoras nutritivas por la mañana; siempre corriendo de un lado a otro, siempre contenta y siempre cantante. Marina en definitiva es una de esas personas que hacen falta siempre en la vida cuando no se les tiene a un lado.

La mañana del día indicado –no se por qué pero todos saben reconocer ese día menos yo– Marina despertó de mejor humor que nunca, se duchó, preparó el desayuno y me despertó para acompañarle a comer. Comimos las frutas secas que había en el tazón blanco, bebimos algo de esa infusión parecida al café –como extraño el café–, comimos la última ración de queso seco. La comida desde que todo cambió no resulta tan buena pero con el tiempo nos hemos acostumbrado. Marina me dijo, resuelta, que lo iba a intentar. No pude más que mirarla estupefacta, sin poder articular palabra.

No me gusta que la gente se vaya, menos si son personas valiosas como ella. Cuando el primero del grupo logró cruzar me puse muy triste. Carlos era una buena persona y además era el único que sabía como fabricar velas. Se fué sin dejar la receta y no nos dimos cuenta de eso hasta que nos quedamos sin velas, obviamente. Luego Serena, Miguel, Armando, Luis… todos terminan por querer cruzar y yo no entiendo para qué. Supongo que por eso no se qué dia es el día exacto para hacerlo.

Acompañé a Marina al valle de las rosas. Le decimos así porque, de alguna manera extraña, entre muchas rocas que salieron del subsuelo se conservó un jardín lleno de rosales. Lo descubrimos un día que Serena se perdió y salimos a buscarle. Rodeado por enormes rocas resulta ser como un pequeño escondite. Los rosales mismos se han protegido de muchas cosas, son muy fuertes. Es extraño que una flor pueda protegerse tan bien, mejor que muchos árboles grandes y fuertes que ahora ya no existen. Cuando alcanzamos el valle justo al medio día las rosas estaban hermosamente iluminadas por la luz del sol de medio día. Marina me dijo, secamente, que no tenía mucho tiempo y echó a correr entre los rosales.

No soy lo que se puede llamar una persona ágil para correr y mucho menos entre rosales espinosos, pero traté de seguirla lo más cerca posible. Corrimos unos cuantos minutos y alcanzamos el centro del valle. Ahí hay una piedra triangular que la hace unas veces de transmisor y otras de reloj de sol, dependiendo de la persona que se encuentre junto a ella. Las cosas que quedaron después de “el fin del mundo” funcionan dependiendo de la persona que las posee, no recuerdo si antes era así, pero ahora resulta lo más cómodo y práctico. Cuando le dí alcance ella estaba sacando lo necesario de su mochila. Lo hacía ceremoniosamente, cosa rara en ella que todo el tiempo hace las cosas con prisa. Desplegó la vela de tela montada en el soporte de alambre, sacó los alambres necesarios para conectarla a la piedra triangular, también el aceite y el brebaje que preparó un día antes.

Conectó todo y lo dejó preparado mientras yo la miraba sentada a unos cuantos pasos. Mientras hacía eso no pronunció palabra aunque yo hubiese dado lo que sea por platicar una última vez con ella. Cuando estuvo lista casi era momento de partir. Me miró con una expresión extraña, luego me abrazó y me dijo al oído –casi será tu turno de actuar–. Besó mi mejilla y entonces sucedió, como siempre. El sol iluminó la piedra triangular que cargó la vela de luz azul. Marina se aferró con fuerza a la vela y luego del destello desapareció. Me quedé ahí parada unos segundos mientras comprendía que ahora estaba sola. Todos se habían ido, año con año y ahora estaba yo sola. Luego volví a guardar todas las cosas dentro de la mochila y fui a casa, caminando despacio con el único pensamiento de estar sola dando vueltas en mi cabeza.

Esa noche, la noche que Marina se fue, fue cuando le encontré vagando por el jardín.

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el 14 del 04, cuando nadie mira,
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Pequeña memoria

De la serie de los días. Se llamaba “XXIV - Colectora de memoria” pero ya que decidí publicarlo ahora que Astrid me ha enviado música que es idónea para rematar el cuento, el nombre ha cambiado. Gracias hermana.

Recolectora de memorias, ese es su trabajo. La chica de ojos oscuros y grandes va de puerta en puerta y recolecta memorias; cosas que otros necesitan recordar. Con cuidado, al recibirlas de las manos de otros, la chica los envuelve con una fina gaza tornasol y los deposita en la canasta que luego cuelga a su espalda. Cuidadosa siempre, sus pasos son constantes y uniformes, sus movimientos pausados tanto así que por momentos parece flotar en lugar de caminar.

La chica de los ojos grandes, oscuros y profundos lleva las memorias de la ciudad al contenedor principal del edificio central de la pequeña ciudad. Poco a poco, uno a uno, deposita los pequeños paquetes envueltos en gaza dentro de un tubo cuyo diámetro es exactamente igual al de cualquier memoria. Pequeñas esferas hechas de un material parecido al cristal, al cuarzo, al diamante; liso, frío, fuerte, capaz de contener cualquier tipo de memoria por más dura o terrible que sea. Hace mucho tiempo, no se sabe exactamente cuánto, se perfeccionó la técnica de guardar los recuerdos de esa manera. Para muchos significó deshacerse de las cosas que no querían mantener como un vivo recuerdo, para otros significó la forma de preservar aquello de lo que siempre se querían acordar. Millones de recuerdos; memoria colectiva.

Las esferas, todas del mismo tamaño se almacenan en un gran contenedor que nunca se llenará –la memoria es infinita–. Cuando alguien quiere recordar puede ir al contenedor y pedir por su memoria. El chico con ojos grandes y claros los entrega luego de ir a una habitación contigua por un rato y de extraerlas del contenedor. Cuando has contemplado tu memoria lo suficiente puedes volver a olvidarla, guardarla o si lo deseas, llevarla contigo para conservarla de nuevo. Nadie tiene en cuenta el tiempo que los recuerdos se han almacenado de esta manera porque eso no es importante. Las esferas, atemporales, conservan cualquier pedazo de memoria tan fresca como si se acabase de formar –el tiempo es relativo, la memoria también–.

La chica de los ojos grandes recuerda. Recuerda mucho más de lo que cualquier otro habitante de la ciudad puede hacerlo y por ello fue la indicada para realizar el trabajo. Hay una persona así cada generación y se le elige cuando el recuerdo más antiguo que posee es muy cercano a su nacimiento. La chica puede recordar desde unas horas después de nacer. No habla, no con todos, no con cualquiera. Es extraño como la gente, luego de entregarle cada memoria le cuenta la misma historia como un último pedazo de recuerdo que se ha quedado en cada uno. Cuando lo cuentan a la chica lo olvidan para siempre, pero ella lo recuerda. Todo tipo de recuerdos, todos.

El chico con los ojos claros la escucha hablar todas las noches. Él no tiene buena memoria, olvida todo. Ella cuenta uno a uno los recuerdos que ha recolectado y el chico la escucha mirándola atentamente a los ojos oscuros y profundos. Al día siguiente él ha olvidado todo, ella no, pero se siente más tranquila.

Jon Hopkins - Small Memory

Una noche sin luna, luego de poner todas las esferas en el contenedor ella decide guardar los recuerdos de los recuerdos en esferas en un intento por olvidar lo que no le pertenece. Por no recordar, por no saber que algunas veces es mejor no hacerlo. Poco a poco los deposita en una esfera cada uno, los envuelve con gaza, los deposita en la canasta y los lleva al gran contenedor. Recuerdos casi duplicados con toques de la memoria de la chica. Recuerdos replanteados, reestructurados, restaurados. El chico de ojos claros la mira atónito, no sabe si lo que hacen es correcto o no pero está seguro de que ella lo necesita y le ayuda a depositar cada esfera en el tubo. Poco a poco, los recuerdos de los recuerdos son tragados por el enorme aparato que tienen enfrente. Poco a poco, conforme cada esfera entra en el contenedor, éste se ilumina. Primero tenuemente, luego cada vez más intensamente. Al terminar, sin darles tiempo de evitarlo, el contenedor ha explotado esparciendo millones de esferas por el aire luego de romper el techo del edificio. Cada esfera brilla por sí misma.

Un anciano ha levantado una de ellas mientras los chicos corren a la calle. La ha mirado y ha roto a llorar. Cada esfera recontada es ahora una historia. Cada historia es ahora un recuerdo más hermoso o con un final diferente gracias a que los recuerdos de la chica se han mezclado con la memoria de la ciudad. Los recuerdos cobran vida y enseñan cosas acerca de la vida.

Ahora, todas las noches, la chica guarda en una esfera una historia procedente de las memorias recolectadas y todas las noches la gente de la ciudad se reúne fuera del edificio a esperar la explosión de esferas. Todos prefieren las historias. 

Aquí la susi.pop,
el 10 del 04, de noche,
habla de ficciones • (2) rayos de luna

Fuera de foco

Gloria y Andrés terminaron el 21 de octubre de 2009. Andrés decidió, como es correcto, que Gloria se quedara con las cosas, con la casa y con las fotos; empacó su ropa y algunas pequeñas cosas con valor emocional y se fué a vivir de nuevo con sus ancianos padres en la montaña.

Gloria se sentía liberada. Planeó unos cuantos viajes para fin de año, decidió cambiarse de casa –de todas formas, no podría pagar el alto arrendamiento sola–, se buscó un nuevo novio que le levantara el ego y vendió los muebles que siempre le parecieron horrendos pero que aceptó tener por ser un regalo de sus, ahora, exsuegros.

Luego de arreglar todos sus asuntos, se dedicó a sentirse liberada unos cuantos días. Sin embargo, una noche de noviembre casi al tiempo de quedarse dormida, le atacó una angustia espantosa. Se despertó con un sobresalto y no pudo volver a conciliar el sueño porque simplemente no podía dejar de pensar en su Andrés. No comprendió bien lo que sentía hasta que pasó un largo rato dando angustiadas vueltas bajo las cobijas: él había encontrado a alguien más. Gloria prefirió levantarse, tomar un café y leer ese libro que él le había regalado y que constaba de más de mil páginas, antes que volver a acostarse y sufrir esa angustia tan extraña proveniente de un pensamiento no elegido por ella.

Supo que lo había perdido para siempre. Justo esa noche, supo que tenían una extraña conexión y que él estaba en la cama de otra chica. Decidió no volver a pensar en eso, no volver a pensar en él o en la chica.

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Andrés caminaba todas las tardes con su perro por el campo que rodea la casa de sus padres; vivir en la montaña tiene sus ventajas. Una tarde de diciembre, mientras el perro corría descontroladamente por el prado, él descubrió que ya no extrañaba a Gloria. Pensó que tal vez la había olvidado. Se dio cuenta que ya no recordaba su nariz con nitidez, que no recordaba su aroma ni el color exacto de sus cabellos. Se dio cuenta de que ya no pensaba en ella como cuando recién había vuelto con sus padres y de forma casi inevitable sufrió un ataque de pánico. Le dio pánico olvidarle pero pudo darse cuenta que ese pánico no estaba producido porque siguiera amándola sino porque era absurdo poder olvidar en tan poco tiempo a la mujer con la que había vivido un año completo. Corrió de regreso a la pequeña casa del campo y rebuscó entre las cajas olvidadas en el armario alguna de las tantas fotografías que le había tomado. Aterrado descubrió que la mayor parte de ellas eran fragmentos de Gloria. En alguna de ellas pudo ver una nariz no tan nítida; al contrario, era una nariz desenfocada, justo como la de sus recuerdos. Lloró en silencio y se reprochó el olvido y la mala calidad de las fotografías.

Al día siguiente, Andrés decidió bajar de la montaña para ir a la ciudad y distraerse un poco. Comió un pan tostado, tomó un café negro, besó a su madre en la mejilla y salió en el auto azul. Recorrió un tramo de carretera antes de llegar a la ciudad al pie de la montaña. Deseó por un momento hablar con ella. La falta de teléfono en la casa de la montaña había sido un buen remedio para evitar mantenerse en contacto, pero en la ciudad el cuento era otro. De pronto, se descubrió buscando un teléfono en cualquier esquina y se molestó profundamente consigo mismo porque cuando ella le pidió que la dejara en paz decidió no volver a buscarle.

Paró en una panadería cualquiera y compró pan de todo tipo. Mientras elegía una concha con chocolate descubrió también que había olvidado qué pan le gusta a Gloria, olvidó cómo toma el café y olvidó también su comida favorita. Regresó a su casa en la montaña decidido a no volver a pensar en ella, ni a tratar de recordar nada acerca de ella.

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Una mañana de enero, Gloria se levantó sobresaltada al descubrir que un hombre extraño vagaba por la sala de su casa nueva. Salió sigilosamente del cuarto, entró sigilosamente en la sala y descubrió que el hombre había desaparecido. Lo buscó en la cocina, en el patio, en el baño y en los armarios. No pudo encontrar nada, a nadie. Se metió a la regadera, se alistó para salir y se fue a trabajar cerrando la puerta con doble llave.

Gloria trabajaba, todo el día. Mientras revisaba millones de hojas buscando faltas de ortografía caía en la cuenta de que a ratos, pensaba en su Andrés. Notó que los pensamientos eran persistentes, que lo recordaba a la perfección y comenzó a sentir nostalgia. Pudo notar que recordaba a la perfección cada detalle, cada gesto, la punta de la nariz, el color de los ojos, el olor de su ropa y tuvo un arranque de enojo. Decidió ir a casa alegando sentirme mal del estómago. Abandonó los millones de hojas, salió de la cuadrada oficina y recorrió las calles aledañas sin dirección. Caminó y caminó hasta que se hizo hora de ir a casa. Volvió a su auto y recorrió el camino de vuelta.

Al llegar y justo antes de abrir la puerta, tuvo la sensación de que alguien la esperaba detrás de la puerta. Dudó un segundo si debía abrirla, pero cuando metió la llave y la giró se dio cuenta de que estaba cerrada justo como ella la había dejado por la mañana. Achacó la angustia al mal día que había tenido y decidió tomar un té caliente para relajarse. Se puso a leer el largo libro de la separación y quedó sumida en un profundo sueño sin sueños.

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Andrés despertó sobresaltado porque sintió que flotaba sobre la cama. Fue al baño, se lavó la cara con agua helada de un invierno en la montaña y descubrió con espanto mientras se miraba al espejo que podía ver sus rasgos un poco menos que el día anterior. Pensó que tal vez la modorra del sueño le impedía enfocar bien y se olvidó del asunto un rato. Por la tarde, luego de la caminata con el perro, volvió a mirarse al espejo y volvió a suceder: no podía enfocar su cara. Se miró el resto del cuerpo y se dió cuenta de que no podía enfocarse. Corrió al auto y apresuradamente voló sobre el tramo de carretera para encontrarse con la ciudad. Buscó desesperadamente un médico. Cuando revisaron sus ojos le dijeron que no tenía nada anormal y le explicaron que la falta de foco en su visión probablemente se debía a una mala racha producida por estrés. No lo compró porque recapacitando se dio cuenta que todo lo enfocaba a la perfección. Todo menos a él mismo.

Fue a casa sintiéndose por completo desesperanzado. Pensó que lo mejor era olvidarse del asunto y distraerse con algo que le quitara el supuesto estrés al que estaba sometido. Se preparó un baño caliente, se metió a la vieja tina y comenzó a relajarse. Al poco tiempo se quedó dormido, profundamente, sin soñar.

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Los padres de Andrés llamaron a la policía cuando esa tarde de febrero se dieron cuenta de que su hijo no estaba en su habitación y en la cama había solamente un montón de cobijas cubriendo una pijama perfectamente acomodada sobre la cama. Al parecer, Andrés había desaparecido sin dejar rastro. El oficial encargado del caso dijo que, tal vez, Andrés había tenido un arranque de locura y había huído a pie dejando la pijama acomodada entre las sábanas. Sus padres no supieron que pensar pero dieron por hecho que su hijo no regresaría, no este año.

Esa mañana de febrero, Gloria se levantó sólo para notar que su Andrés estaba a un lado de la cama, mirándola fijamente. Pegó un grito de terror y brincó hasta el otro extremo del cuarto. Le preguntó, gritando, cómo había entrado. Le preguntó casi llorando cómo se atrevía a irrumpir en su casa de esa manera pero no consiguió que él le respondiera. Andrés la miraba, seca y fijamente, sin moverse. Fue con ese silencio que ella pudo notar la cosa más extraña del mundo: su Andrés no estaba realmente ahí. El cuerpo del hombre estaba nítidamente dibujado en la pared a un lado de la cama. Era como si lo hubiesen fotografiado y lo hubiesen impreso no en una hoja de papel sino en la pared.

El cuerpo del hombre la seguía ahora a casi todas partes. La seguía por la casa, a las tiendas, en la oficina. Andrés estaba en todos lados, mirándola con esa mirada seca y extraña. Se dibujaba detrás de cada puerta, dentro de cada habitación, silencioso y frío. Gloria deseó no volver a verlo ni a pensar en él, pero todos los intentos era infructuosos. Él la seguiría el resto de sus días, dibujado en todas las paredes, asomado en todas las ventanas, un poco fuera de foco.

Aquí la susi.pop,
el 26 del 01, muy tarde,
habla de ficciones • (0) rayos de luna

Completamente

Selene Marina se encontró completa esa noche. Luego de mirar una película recostada en el sillón se dio cuenta de que Marina y Selene por fin son la misma persona.

Completa y llena, como la luna en una noche clara: blanca, resplandeciente, alegre, imponente. Selene Marina baila, como loca, con los brazos al aire, descontroladamente feliz… y esa felicidad que la embarga, expansiva dentro de su cuerpo brota como fuente. Selene Marina llora mientras ríe y baila.

Felicidad, completa felicidad blanca que emana por todos los cabellos danzantes, blanca felicidad que lo inunda todo llenando la estancia, la cocina, el pasillo, las alcobas, el baño, los patios. Selene Marina gira en un remolino brillante de alegría sonora que la envuelve y la acaricia, alegría sonora que le canta al oído, mientras ella ríe llorando.

Inundación, feliz y brillante inundación. Cubriendo patios y casas completas, dejando amantes felices, hijos soñadores, perros tranquilos. Selene Marina ha vuelto a estar completa y lo agradece a la luna, a esas estrellas que la miraban atónita, a la noche, a los sueños y a los ojos de sol.

Marina tranquila, Selene danzante… completa.

Aquí la susi.pop,
el 28 del 11, cuando nadie mira,
habla de Happy Shiny People :Dficciones • (0) rayos de luna

Mensajes

Para Marcos

Todas las noches, M escribe un mensaje. Con sumo cuidado enrolla el pedacito de papel, lo mete en la diminuta bala plateada, lo ata a la patita de la paloma mensajera y lo manda a su destino. Todas las noches, ella piensa qué escribir y con mucho cuidado elije las palabras correctas, ideales, perfectas que luego ensarta una a una en la hoja de papel con el finísimo hilo rojo dejado por la pluma. Piensa, sueña… dialoga a solas. Cada noche…

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Del otro lado del mundo, cada mañana M recibe en su ventana a la paloma mensajera que ha volado una larga distancia. Con un gran cuidado la guarda en el palomar, le da agua y semillas y retira de la patita la diminuta bala plateada que con mucho cuidado ha sido atada. La abre y desenrolla la hoja de papel cubierta de palabras ensartadas con hilo rojo. Sentado a los pies de su cama va separando cada palabra cuidadosamente, poniendo sumo cuidado en entender lo que dicen porque sabe que han sido escogidas con esmero en el otro lado del mundo. Las huele, las saborea, las mira, las escucha… M lee lo que M dice y luego de releer el largo collar de palabras, lo cuelga en el closet, en ese espacio especial que ha preparado con clavos en la pared.

M toma una pluma azul y ensarta nuevas palabras en la hoja de papel, una a una y con cuidado, tomándose todo el tiempo. Antes que acabe la mañana, M ha logrado formar una diadema de palabras plateadas e hilos azules para M. Con mucho cuidado enrolla la hoja de papel, la guarda en la diminuta bala plateada que ata a la patita de la paloma que vuela luego de haber descansado hasta el otro lado del mundo.

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M escribe a M un nuevo collar dorado, al que M responde con una gargantilla plateada, todas las noches, con cuidado…

Aquí la susi.pop,
el 20 del 11, a la hora de la siesta,
habla de ficcionesonirismos • (0) rayos de luna

Marina y la deconstrucción

Cansada, Marina prepara la comida del día siguiente. La misma rutina, el mismo camino. Marina piensa en lo que la noche le regalará cuando logre llegar a su cama y sonríe. Lenta y cansada cepilla sus dientes, cepilla su cabello, lava su cara y se desnuda. Cansada se recuesta y cansada no logra conciliar el sueño; piensa y piensa, se pierde en la maraña de amores interminables que se ligan unos con otros hasta que no puede saber quién es quien. Ella confunde sus nombres y sus caras, si volviera a ver a alguno de ellos –por fortuna eso no sucede–, seguro lo llamaría por un nombre que no le corresponde y luego se disculparía alegando que tiene demasiadas cosas en la cabeza.

De cierto que las tiene.

Marina por fin logra encontrar ese sueño perdido entre la maraña de caras revueltas. Las usa como rompecabezas: toma los ojos de uno, las manos del otro, el alma de un tercero, el andar de un cuarto, los pensamientos de un quinto, la voz de un sexto. Los revuelve a su antojo para formar otro tipo de hombres y mientras los deconstruye vuelve a perder el sueño en la bolsa de la camisa de alguno. Medio despierta medio dormida, Marina intenta recordar la última cara construida para guardarla en la memoria consciente porque cree recordar que le gustó, pero al igual que otras noches no tiene éxito.

El cansancio consume sus ojos y cierra sus párpados, el cansancio le impide moverse demasiado debajo de las cobijas. Marina recupera el sueño y entonces recuerda el rostro recién olvidado pero sólo para volver a desarmarlo y construir mil opciones de nuevo, tener mil caras en la mente, todas revueltas, inconclusas o absurdas. Marina sabe que perderá a la deconstrucción perfecta cuando vuelva a perder el sueño y mientras eso sucede, ella seguirá soñando cansada, casi sin moverse.

Aquí la susi.pop,
el 11 del 11, tarde,
habla de ficcionesonirismos • (1) rayos de luna
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