Otro mundo

Doves - The Last Broadcast [Magnet Remix]

– Hay un sólo día al año para cruzar. El único día del año, el día exacto. Ni antes, ni después podrás hacerlo– Murmuró Octavio en mi oído mientras nos escondíamos del que nos buscaba. 

El tiempo exacto para jugar una buena partida de escondidas antes de volver a trabajar, eso eran los descansos en los primeros años de escuela. Octavio y yo nos escondíamos juntos la mayoría de las veces y hablábamos de cosas que no creo recodar del todo bien. No era mi mejor amigo, pero sí mi compañero de escondidas.

El tiempo de las rosas no duraba mucho, al parecer a eso se refería cuando me dijo que hay un sólo día al año para cruzar. Entonces no lo comprendí sino hasta muchos años después. Cuando Marina decidió intentar cruzar luego que medio planeta se desmoronó por culpa de la esfera aquella, la del fin del mundo.

Marina siempre me pareció una chica sencilla pero para nada débil o pacífica, por el contrario, la energía que transmitía parecía incontenible. Tenerla de compañera resultaba energizante, más que tomar una dosis de píldoras nutritivas por la mañana; siempre corriendo de un lado a otro, siempre contenta y siempre cantante. Marina en definitiva es una de esas personas que hacen falta siempre en la vida cuando no se les tiene a un lado.

La mañana del día indicado –no se por qué pero todos saben reconocer ese día menos yo– Marina despertó de mejor humor que nunca, se duchó, preparó el desayuno y me despertó para acompañarle a comer. Comimos las frutas secas que había en el tazón blanco, bebimos algo de esa infusión parecida al café –como extraño el café–, comimos la última ración de queso seco. La comida desde que todo cambió no resulta tan buena pero con el tiempo nos hemos acostumbrado. Marina me dijo, resuelta, que lo iba a intentar. No pude más que mirarla estupefacta, sin poder articular palabra.

No me gusta que la gente se vaya, menos si son personas valiosas como ella. Cuando el primero del grupo logró cruzar me puse muy triste. Carlos era una buena persona y además era el único que sabía como fabricar velas. Se fué sin dejar la receta y no nos dimos cuenta de eso hasta que nos quedamos sin velas, obviamente. Luego Serena, Miguel, Armando, Luis… todos terminan por querer cruzar y yo no entiendo para qué. Supongo que por eso no se qué dia es el día exacto para hacerlo.

Acompañé a Marina al valle de las rosas. Le decimos así porque, de alguna manera extraña, entre muchas rocas que salieron del subsuelo se conservó un jardín lleno de rosales. Lo descubrimos un día que Serena se perdió y salimos a buscarle. Rodeado por enormes rocas resulta ser como un pequeño escondite. Los rosales mismos se han protegido de muchas cosas, son muy fuertes. Es extraño que una flor pueda protegerse tan bien, mejor que muchos árboles grandes y fuertes que ahora ya no existen. Cuando alcanzamos el valle justo al medio día las rosas estaban hermosamente iluminadas por la luz del sol de medio día. Marina me dijo, secamente, que no tenía mucho tiempo y echó a correr entre los rosales.

No soy lo que se puede llamar una persona ágil para correr y mucho menos entre rosales espinosos, pero traté de seguirla lo más cerca posible. Corrimos unos cuantos minutos y alcanzamos el centro del valle. Ahí hay una piedra triangular que la hace unas veces de transmisor y otras de reloj de sol, dependiendo de la persona que se encuentre junto a ella. Las cosas que quedaron después de “el fin del mundo” funcionan dependiendo de la persona que las posee, no recuerdo si antes era así, pero ahora resulta lo más cómodo y práctico. Cuando le dí alcance ella estaba sacando lo necesario de su mochila. Lo hacía ceremoniosamente, cosa rara en ella que todo el tiempo hace las cosas con prisa. Desplegó la vela de tela montada en el soporte de alambre, sacó los alambres necesarios para conectarla a la piedra triangular, también el aceite y el brebaje que preparó un día antes.

Conectó todo y lo dejó preparado mientras yo la miraba sentada a unos cuantos pasos. Mientras hacía eso no pronunció palabra aunque yo hubiese dado lo que sea por platicar una última vez con ella. Cuando estuvo lista casi era momento de partir. Me miró con una expresión extraña, luego me abrazó y me dijo al oído –casi será tu turno de actuar–. Besó mi mejilla y entonces sucedió, como siempre. El sol iluminó la piedra triangular que cargó la vela de luz azul. Marina se aferró con fuerza a la vela y luego del destello desapareció. Me quedé ahí parada unos segundos mientras comprendía que ahora estaba sola. Todos se habían ido, año con año y ahora estaba yo sola. Luego volví a guardar todas las cosas dentro de la mochila y fui a casa, caminando despacio con el único pensamiento de estar sola dando vueltas en mi cabeza.

Esa noche, la noche que Marina se fue, fue cuando le encontré vagando por el jardín.

(...) Otro mundo II >

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