El sueño de todas las noches…

Que coincidencia más extraña…

Hay una marca de playeras que me gusta mucho y que sólo puedo comprar por internet pero que valen la pena del pago del envío Threadless.

Estoy suscrita al newsletter y hoy me ha llegado uno con una playera tipo comic… que me llamó la atención porque extrañamente resulta ser la ilustración perfecta para un cuentito que escribí hace un tiempo. Lo dejo, ahora ilustrado:


Una noche de las que hay pocas en la vida, Selene decide volar. Encaramada en el marco de la ventana el viento de la noche acaricia suavemente su cabello en un gesto de recibimiento helado y Selene, luego de respirar profundo, suavemente, se entrega a la maravillosa sensación de flotar a la deriva en la noche casi oscura de luna menguante. Flota, como pocas noches lo hace, se retuerce y se estira con la flexibilidad de la seda al viento. Flota lejos Selene, sostenida por el viento nocturno que bien la conoce y que jamás la dejará caer.

Flotando, flotando, se aleja lentamente de la ventana y de su noche privada para acercarse un poco a las estrellas que la miran estupefactas mientras la luna la acaricia –near to the moon at night–. Siempre flexible, siempre flotante Selene se queda dormida mecida por el viento helado. Su cara se torna azul y ahora que combina con la luz lunar puede estar tranquila, levemente iluminada y feliz.

Desorden de sueño

Mis esquemas de sueño son extraños. Fluctúan entre el día y la noche dependiendo de no-se-qué-cosa a lo largo del mes y tienen varias fases que he ido reconociendo bien definidas con el paso de los años.

Fase de preparación - Irse de reven extremo todo un fin de semana y dormir muy pocas horas (unas 12 entre la noche del jueves y la noche del sábado). Luego es necesario fritear –de frito– todo el domingo y, por qué no, dormir unas 5 horas esa tarde para despertar y darte cuenta de que, en efecto, se te han volteado los horarios.

Fase 1 - Donde te das cuenta que has dormido toda la tarde y sabes perfectamente que no dormirás en las siguientes 12 horas, por lo menos no como quisieras. Esta fase es en donde planeas tu noche de desvelo con filosofía y eliges algunas películas para la primera parte de la noche, algunas de ellas lo suficientemente aburridas como para producirte sueño. Aquí es donde recibes algunas recomendaciones de los cercanos como tomar ciertas pastillas que ayudan a dormir, o tomar algunas infusiones, leer ciertas cosas. En realidad a todos les interesa que te de sueño, no se sabe exactamente el porqué.

Fase 2 - Donde te das cuenta que las películas adormecedoras, las infusiones y las pastillas no funcionarán –porque llevas despierto apenas 3 horas–. Luego de pasar un rato frente a la computadora haciendo nada, decides alejarte de ella y leer ese best seller policiaco que te parece tan aburrido y lento. Cuando empiezas a aburrirte de verdad porque el asesino sólo no aparece –y es la madrugada del domingo al lunes–, intentas dormir… para regresar una hora más tarde a la computadora porque en realidad no puedes pegar el ojo.

Fase 3 - Por fin decides ir a la cama de una vez por todas, no importando que en realidad no duermas. Vueltas, vueltas, vueltas en la cama hasta que por aburrimiento y soledad extrema –se te han terminado los pensamientos y reflexiones– te quedas dormido alrededor de las 3:00am. Puede ser que sueñes raro –en realidad es lo más seguro– y que despiertes varias veces a lo largo de lo que te queda de noche: seguro te levantarás al baño, te molestará un mosco, te mandarán un drunk message, el perro te usará de almohada acalorándote, se te dormirá un brazo, te sobresaltará el vecino tirando un mueble pesado o azotando una puerta o incluso podrías casi caer de la cama de tanto girar. Como sea, no has dormido bien.

Por fortuna siempre saldrá el sol y es justo ahí cuando logras quedarte dormido… para despertar unas dos horas después con el sonido del despertador. Sí, es lunes, ¿recuerdas? debes trabajar.

Fase 4 - Pasas todo el día quedándote dormido, no importa la actividad que realices. Si necesitas ir al banco, la fila te ocasiona sueño; el microbús te arrulla, la música de tu compañero de trabajo hace que se te cierren los ojos, el café ya no te hace efecto –sí, el cuarto que te has tomado–, sientes lo ojos llenos de arena o algo que te nubla la vista y la hora de la comida te aterra porque sabes que la digestión te noqueará sin remedio. Decides saltarte toda probabilidad de siesta porque según tus cálculos, podrás dormir temprano y enderezar la volteada de horario que te cargas. Con suerte podrás conciliar el sueño cercanas las 10 de la noche y eso será suficiente.

Fase 5 - Es aquí donde, un tanto preocupado, te das cuenta de que esta noche de lunes tampoco dormirás. A pesar de haberte saltado la siesta te dan las 12 de la noche despierto porque has tomado demasiados cafés –y otros enervantes, quizás– en tu intento por despertar un poco durante el improductivo día que has tenido y justo ahora te han hecho efecto. Comienzas a verle el lado positivo a trabajar de noche: por lo menos ahora estás más despierto que a las 3 de la tarde y nadie puede molestarte. Adelantas a la velocidad de la luz todo lo que no hiciste durante el día y, tristemente, te quedas sin algo productivo que hacer a las 2 de la mañana. Es hora de ir a la cama y ver qué pasa –ya lo sabes, pero de todas formas lo intentas.

Fase 6 - Duermes 4 horas a lo más porque tu cuerpo está completamente descontrolado con tanto cambio de horario. Tu inconsciente funciona mejor cuando estás despierto y tu consciente cuando estás dormido. Te has despertado a las 4.30am y también te empeñas en verle el lado positivo. Piensas que te encanta escuchar como cantan los grillos al mismo tiempo que los pájaros –se te hace un espectáculo auditivo que pocas veces puedes disfrutar–, te viene a la mente esa frase de película, sí, carpe diem o aquella otra: al que madruga, dios lo ayuda. Piensas que si despertaras así de temprano todos los días podrías hacer el ejercicio que tanto te hace falta –lástima que no tengas una rutina, si no, lo harías ahora mismo–, preparas café, un buen desayuno, te duchas, tienes tiempo de arreglarte sin prisas, comienzas a trabajar temprano. ¡Dormir es una mala costumbre! te dices sintiéndote orgulloso de lo productivo que eres.

Lo que no sabes… es que tu cerebro está alerta porque pasa por un momento de ajuste y debe adaptarse a las nuevas condiciones de vida.

Fase 7 - Es la más larga de todas. Durante toda una semana duermes muy poco –unas 4 o 5 horas diarias– o en desorden –3 horas de siesta en la tarde y tres horas de siesta en la madrugada– y casi llegando al jueves te das cuenta que algo anda mal… muy mal. Tu estado de ansiedad es indescriptible. Pareciera que te metes anfetaminas y cuando te lo preguntan respondes “sonriente” que lo único que has tomado últimamente es cafeína –acompañada de nicotina si es que fumas–. Ahora la única solución es no dormir durante unas 24 horas, por lo menos, para volver al horario bajo el que vive la gente normal –sí, comienzas a sentirte un ser anormal–. Ya no piensas claramente, por lo menos no lo que deberías pensar. Se te ocurren cosas extrañas como salir a pasear con el perro a las 2am. o pintar una pared de tu alcoba a las 3 de la tarde del miércoles. Recuerdas en algún momento de la semana a una de las protagonistas de Requiem for a dream, esa de las anfetaminas y te burlas de tí mismo por ser tan desordenado. Piensas que qué más da, ya dormirás el fin de semana… de tu cumpleaños 50.

Fase 8 - La noche del jueves recibes una llamada acompañada de una invitación de esas que no puedes rechazar. No importa si es una amiga en desgracia, un prospecto coquetón o un amigo reventado que lleva horas bebiendo con los de la oficina, lo que importa es salir de tu casa a vaciar en alguna fiesta de juebebes toda la adrenalina –o cafeína– que llevas en la sangre luego de la semana de infierno que has pasado. Te vas de reven pensando que será sólo un ratito porque mañana viernes tienes que trabajar y cuando tu consciente comienza a trabajar topas que son las 3 de la mañana y se te han pasado un poco esas cervezas que mezcladas con el cansancio se te han subido bien rico a la cabeza.

Fase 9 - Te entregas al reven extremo todo el fin de semana. El viernes prácticamente no trabajas, el sábado pasas festejando cualquier cosa desde las primeras horas de la tarde –en realidad te dormiste unas 3 horas, te bañaste y te saliste a “comer” con tus amigos– y cuando por fin llegas al domingo y crees que podrás fritear de nuevo toda la tarde… te llama tu madre, padre, abuelo o tío para recordarte que debes ir a esa comida familiar o serás desconocido por toda tu familia. Te bañas, tomas unos 5 litros de cualquier bebida hidratante que encuentras en la tienda de la esquina, te pones esos lentes de sol que tanto te gustan y te lanzas al convivio familiar. Es aquí donde agradeces en el fondo –muuuuuuy en el fondo– de tu corazón tener esa familia tan pachanguera porque cuando llegas te reciben con una cervecita y carne asada o tacos de guisado, te ponen a bailar como trompo de taco al pastor de sábado por la noche –recuerdas haber visto como giraba incansablemente– y sudas todo el alcohol que te has metido, no te dejan ir porque te extrañan demasiado y todos quieren contarte lo bien que les ha ido en el trabajo o lo mal que las tratan los maridos.

Al final del domingo, a las 11 de la noche, logras escapar hacia tu casa sabiendo que por fin dormirás como se debe. Efectivamente, caes rendido en un profundo sueño reparador que te ha acomodado el horario y cuando despiertas el lunes a las 8 de la mañana –tarde para el trabajo, pero era necesario– te sientes renovado y juras no volver a hacer tanta tontería porque no dormir bien te descompone. Ahora puede ser feliz –unas dos semanas, hasta la boda de ese amigo de la secundaria donde, luego del reven extremo… [ver Fase de preparación]

Otro mundo V

(...) Otro mundo IV

Los lobos nos rodearon sin que pudiéramos darnos cuenta. La luz de las fogatas oculta cualquier cosa que no esté dentro de su rango y no pudimos verlos hasta que Betula dejó de tocar a la mitad de una canción para mirar directo en los ojos de uno de ellos.

Hace muchos, muchísimos años, antes que llegara el fin del mundo y antes que los lobos aprendieran a hablar, existía en el centro del bosque una enorme roca llamada la Piedra del Sonido.

Todos los días antes del atardecer, la enorme piedra cantaba hermosas canciones para despedir al sol y todas las mañanas al amanecer para recibirlo. Canciones extrañamente hermosas salían de ella inexplicablemente. Una roca cualquiera, cubierta de musgo, no más grande que un humano adulto.

Cuando la esfera terminó con todo, la roca dejó de cantar y todos los animales se fueron. Es por eso que el bosque es ahora tan silencioso.

Esta historia la contó Betula mientras los lobos nos visitaron. Todos escuchábamos atentamente, los lobos mirándola con sus amarillos ojos al rededor nuestro. Debió haber sido una escena extraña.

Tiempo atrás, cuando los sobrevivientes comenzamos a reunirnos en el valle, alguien nos contó historias terribles acerca de los enormes lobos que habitan el bosque. Ahora creo que fue la forma de mantenernos alejados de ellos. Son animales tan pacíficos como una planta, no pienso que pudieran matar a un humano sin motivo alguno. Son imponentes, eso sí.

Son la sabiduría misma y son los únicos que decidieron quedarse para mantener la vida del bosque porque sin animales habitándolo hubiese muerto irremediablemente.

El más grande de ellos es también el más viejo. Ha estado en el mundo desde siempre, desde que el bosque existe y al parecer se quedará mucho más que cualquiera de nosotros. Su mirada es impactante y siempre que te mira a los ojos puedes saber que él descubre todo lo que hay en tu alma y en tu mente. Tal vez uno nunca sepa tanto de sí mismo como el lobo puede llegar a descubrir.

Pasamos un largo rato escuchando a Betula tocar la flauta, casi hasta el amanecer. Cuando nuestros ojos comenzaron a cerrarse y nuestro cuerpo se hizo pesado decidimos regresar a nuestro campamento para dormir. Mirham y yo volvimos junto a nuestra embarcación caminando en silencio y Betula se fue montada, medio dormida, en el lomo del lobo gigante. Nos acurrucamos dentro de la casita que construimos con algunas ramas y dormimos profundamente hasta que el sol estaba casi en el centro del cielo. El bosque y su silencio te sumergen en el sueño más profundo.

Mirham despertó antes que yo y salió de la casita. Preparó el fuego, preparó la bebida de la mañana y recolectó algunas moras para comer. Cuando desperté y salí, lo encontré limpiando al barco que flotaba pacíficamente amarrado a la roca. El calor comenzaba a elevarse y el sol estaba en el centro del cielo cuanto Betula llegó a saludarnos alegremente. Mientras bebíamos y comíamos las moras, nos contaba algunos detalles de la vida con los lobos. Cuando terminamos, Betula sacó la flauta y comenzó a tocar.

Pasó algo extraordinario.

El barco comenzó a moverse extrañamente de arriba a abajo, primero lentamente y luego un poco más rápido. Mirham fué a mirar qué era lo que lo había inquietado –si es que un barco puede inquietarse– y entonces, al acercarse a la piedra y tocarla para poder desatar el lazo, descubrió que estaba increíblemente caliente y que además vibraba. Ató al barco en un arbol cercano y regresó junto a nosotras que contemplábamos a la roca.

El chico solar se acercó lentamente, en silencio y repentinamente trepó para quedar de pie en lo alto de la roca. Esta comenzó a temblar cada vez más fuerte pero Mirham no bajaba; seguía ahí parado, equilibrando su cuerpo para no caer.

Betula se acercó un poco y tocó con la palma de su mano a la gran piedra. Mientras, yo miraba al chico temiendo que se cayera. Betula le dijo algunas palabras a la roca que no pude comprender, luego comenzó a cantarle y entonces la roca emitió un sonido extremadamente agudo mientras comenzaba a brillar.

Por un momento dejé de poder mirar. La luz que ésta emitía combinada con el sonido me aturdieron. Cuando por fin logré abrir los ojos y quitar las manos de mis oídos comencé a escuchar una melodía emitida por la piedra. Mirham seguía trepado ahí, con los ojos cerrados, la cara hacia al cielo y los brazos extendidos hacia el sol.

Betula pegó un grito de alegría, el viento comenzó a soplar entre las copas de los abedules, los lobos comenzaron a aparecer y la roca dejó de moverse para sólo vibrar mientras cantaba brillando tenuemente. Mirham resultó ser un conductor solar. Hombre del Sol, lo llamó el lobo gigante.

Habíamos despertado a la Piedra del Sonido, ahora los animales podrán regresar a habitar el bosque.

Otro mundo IV

(...) Otro mundo III

Los pastizales verde esmeralda son como el mar. El viento los mueve creando una marea que ondula suavemente bajo el pequeño barco flotante.

Viajamos durante días y noches enteras sin saber a dónde nos llevaría la embarcación que flotaba rápida pero suavemente sobre cualquier superficie. Cruzamos el valle de los pastizales a toda velocidad y cuando llegamos a las montañas que delimitan la parte este pensamos que se detendría, pero no fue así; tan sólo redujo la velocidad y comenzó a subir cuesta arriba. En la cumbre nevaba pero eso no lo detuvo. Subimos y bajamos las montañas para adentrarnos luego en el bosque de abedules.

Yo jamás había estado tan lejos de casa desde que nos trajeron los autobuses verdes luego de los incidentes que cambiaron al mundo y encontrarme de pronto y casi sin pensarlo en el bosque me hacía sentir feliz. El chico solar estaba en todo momento alerta; se veía como un explorador.

El barco navegó bosque adentro pasando suave y ágilmente entre los árboles. Más de una vez pensé que íbamos a estrellarnos contra algún tronco o alguna rama caída pero no fue así. Resultaba increíble como el barco podía salvar cualquier obstáculo. De pronto la velocidad comenzó a reducirse hasta que parecía flotar casi inmóvil. Él y yo nos miramos pensativos y sin decir palabra esperamos para ver qué iba a suceder. Alcanzamos un pequeño claro y el barco fue a posarse justo en el centro, junto a una roca que sobresalía cubierta de musgo. Me pareció cansado, no puedo explicar porqué.

Bajamos lentamente y en silencio. La falta de sonidos en el bosque hacía que uno intentara ser lo más silencioso posible. Lo único que alcanzaba a escuchar era el sonido del viento moviendo un poco las copas de los abedules y nada más. No había pájaros ni sonidos de otros animales. Era una sensación extrañamente confortable.

Murmuramos algunas palabras y casi puedo creer que no omitíamos sonido alguno. No había necesidad de hacerlo porque podíamos escuchar el movimiento de los labios y comprender las palabras. Decidimos comer sentados en la hierba junto al barco que reposaba apaciblemente. Sacamos las cosas de las mochilas y comenzamos a preparar todo. El chico fue a buscar unas ramas para prender fuego y mientras yo me dedicaba a sacar ingredientes de los contenedores.

Fue entonces cuando silenciosamente se acercó a mí.

Era una niña entonces. Tenía los ojos azules como el océano y el cabello rojizo. Me miraba ahí parada, casi desnuda, sin pronunciar palabra. Yo le miraba también, al principio un poco sobresaltada. Cuando regresó el chico de buscar madera ella y yo seguíamos mirándonos sin movernos, sin pronunciar palabra, ella parada frente a mí y yo hincada sobre la hierba. Ella miró al chico y sonrió.

Betula es su nombre. No sabemos, ni siquiera ella, de dónde viene o cómo llegó al bosque. Ella dice que siempre ha estado ahí, viviendo entre los abedules y las piedras cubiertas de musgo. Alguien debió abandonarla ahí cuando era muy pequeña.

Betula es silenciosa, igual que el bosque… pero cuando habla un poco su voz es melodiosa, como un pequeño arrollo de agua cristalina. Betula no sabe de donde vino su nombre, dice que el bosque mismo se lo dijo una vez mientras dormía y despertó sabiéndolo.

Pasamos varios días en el bosque. Nuestro Sol había decidido amarrar nuestro pequeño barco a la piedra por si acaso decidiera volar un día sin nosotros. Me dijo que no podíamos perderle porque debíamos seguir navegando a donde nos llevara. Yo en realidad tenía ganas de quedarme en el bosque, pero si era necesario seguir lo haría de cualquier forma.

Betula nos mostró varias cosas interesantes, entre ellas y la más importante de todas, fue un pequeño instrumento de viento, parecido a una flauta transversa que produce sólo cinco notas distintas. Betula hacía música.

Una noche, mientras estábamos en la fogata escuchándola tocar, aparecieron los lobos… nunca he sentido tanto miedo…

Homesick

Algo pasó cuando me fuí a la playa en semana santa. 

Sea lo que sea, se que quiero ir de nuevo y quedarme ahí. Me da un homesick estúpido cada que me acuerdo o lo pienso… y no veo el momento de regresar.

Ser feliz y exitosa ahora tiene un lugar posible que no es la ciudad.

Quiero poner mi cafetería foro allá.. y vender libros también…

Extremely homesick...

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